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Cenotes

caveFueron ocupados por los primeros pobladores de América. Las ceremonias, los ritos y cultos que sostenían los antiguos mayas, se dieron en estos lugares. Desde lo profundo de la selva hondureña, llegaban las ofrendas a los cenotes de la península yucateca: cuentas de jade, platos, vasijas, animales sagrados como jaguares, perros, felinos; hombres y niños, eran ofrecidos a su deidad para ser bendecidos. Hoy tenemos la oportunidad de visitar estos lugares con aparatos de scuba y rebreather, y así poder observar estos míticos lugares que alguna vez estuvieron secos o semisecos. Es aquí donde podemos observar los vestigios de una de las civilizaciones más maravillosas y enigmáticas de las que se tenga conocimiento, y que hoy en día nos sigue cautivando con sus secretos bajo el agua.
Juan Cardona, fotógrafo subacuático

Aún recuerdo mi primera inmersión en el cenote Dos Ojos, al norte de Tulum. Llegamos tarde, así que los buzos salían de su segundo tanque aún con su mente navegando en el interior de la cueva, inmersos en los túneles de agua y piedra. A través de una escalinata de madera, llegamos a la orilla del muelle: el agua es más cristalina que nunca, y es fría, los secretos que ha guardado siempre la hacen parecer más azul de lo normal.

Comenzamos la inmersión. Al bajar vi la boca de la cueva, que me invitaba a no entrar, pero a pesar de eso seguí yendo hacia abajo. Atravesamos la entrada, mis miedos se quedaron atrás, nada sería igual en mi vida a partir de ese momento. El contraste de luz, las siluetas y las sombras hacen del lugar un escenario fuera de este mundo. No por nada los antiguos creían que estas cavernas eran la puerta de entrada al inframundo: la entrada al Xibalbá, el sitio donde la muerte aguarda serenamente, susurrándote al oído en cada bocanada de aire que respiras. Los Ajawab del Xibalbá son los señores del inframundo, quienes se esconden tras las sombras y a quienes a menudo puedes ver si miras demasiado hondo en la oscuridad de la cueva, ese lugar adonde es mejor no ir en solitario.

Yucatan2Bucear en un cenote sagrado es una experiencia que cambia la vida de cualquiera, y si ya de por sí el buceo es algo que te conecta aún más con la naturaleza, el bucear en una cueva es como volar en las entrañas de la Madre Tierra, acariciarla y salir victorioso, pero sentirte derrotado por su belleza (esa es la única promesa que tienes la certeza de cumplir: volver). Es admirar el paso del tiempo esculpido en piedra, sumergido en un instante bajo el agua. No es fácil describir lo que se vive bajo la tierra, en esos túneles ahogados, fríos. A veces es mejor quedarse quieto y observar en silencio, como en cámara lenta. Observar pero no demasiado, ya que a veces puedes llegar a pensar que estás soñando. Los colores de las paredes, las formaciones de estalagmitas y estalactitas que decoran estas inmensas catedrales, te abruman, te enamoran. El efecto de desenfoque del agua fría y caliente, el silencio y su canto hipnótico. Todo es lento y pausado mientras marcas la pauta con tu respiración: el sonido de las burbujas y el regulador en tu boca. Recuerdas que no eres de ahí, que eres un invitado y que siempre serás bienvenido. Constantemente debes recordarlo ya que no abandonarás esas galerías hasta que la cueva te deje ir.

_Y7A9554Fade a negros

De pronto estás buceando en una cueva, siguiendo a tu guía y amigo, quien te indica que irán hacia abajo. “¿Abajo?”, piensas. Entonces lo ves penetrar en una pequeña cueva que al momento se ilumina de blanco. Te perfilas y entras. Es un socavón que luce como coral petrificado. Abajo están los restos inmóviles de una fogata: pierdas, carbón y huesos. Alguien, hace mucho tiempo, estuvo ahí, se preparó la cena y se fue. Después todo se inundó, y se preservó el instante en una viñeta atrapada por el agua y sus secretos. Quedan 2,000 libras de aire; la regla de los tercios te dice que es hora de volver y el frío te recuerda que a pesar de todo, no estás soñando. Estas más vivo que nunca.

Cueva+Seguimos adelante por la estrecha cueva. Ya extrañaba las grandes formaciones y las amplias catedrales de rincones oscuros, tentadores, con todo y sus demonios. Seguimos la línea de vida hasta un claro. La cueva, que se hace presente a las 1,400 libras, abre sus brazos y nos regala una entrada de luz cenital. Paseamos por la amplitud del lugar y volamos como pájaros submarinos, al fondo la gran boca. Los rayos de luz se tatúan en la claridad del agua, que dibuja ondas en las piedras, y estas sonríen. Seis metros y siete minutos para salir, 1,200 libras. Mientras sales, el aire te rodea en un gélido abrazo, flotas viendo la cúpula de piedra, estás inmóvil, liviano. Escuchas el chapoteo del agua contra la pierda y sus ecos en sorround. Recuerdas que respiras aire y no agua, que es momento de salir y regresar al mundo de los vivos, caminar y sentir la gravedad en tus pies. Subes la escalinata hacia el vehículo, un paso a la vez, tu cuerpo vaga en las afueras del cenote, vivo, pero tu mente sigue inmersa atrás, mirando la cúpula en un ambiente ingrávido… y eres pez.

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