Edición y libros electrónicos: un panorama desalentador

Mientras los libros electrónicos ganan terreno en el mercado, su diseño es la piedrita en el zapato de los nuevos soportes. Si los e-books son cómodos, baratos y fáciles de almacenar, ¿por qué seguimos leyendo libros impresos? Tal vez la respuesta tenga que ver con el diseño.

Mis simpatías se encuentran divididas: el año pasado comencé a leer libros electrónicos, atesoro mi Kindle y me doy cuenta de que, ahora que lo tengo, leo más que antes. Sin embargo, los defectos de las ediciones me provocan una especie de perturbación sutil, finalmente incómoda. El diseño editorial de los libros digitales me tiene, en general, decepcionada. Sostengo un compromiso de por vida con los libros impresos y, sin embargo, me niego a volver a ellos del todo.

¿Quién me vende un libro electrónico? ¡Por favor!

Es un hecho que los e-books ganan terreno. En Estados Unidos, el 23 por ciento de las ventas de editoriales corresponden al libro electrónico y generaron, en el último año, unos tres millones de dólares. En el Reino Unido, las descargas de e-books crecieron un 66 por ciento el año pasado. Todo parece indicar que las nuevas tecnologías impulsan la industria editorial en lugar de dañarla. El mercado del libro electrónico promete, se basa en materiales baratos y relativamente fáciles de conseguir.

Y digo relativamente porque el mercado hispanoamericano no funciona igual que el de Estados Unidos y Europa: aunque ya tenemos tienda Amazon en México, la oferta en los catálogos de libros digitales es limitada. Si hubiera buenos y suficientes materiales a la venta, quienes acudimos a los nuevos soportes, pagaríamos por ellos bajo absoluta convicción. Pero no los hay. Entonces nos refugiamos en las webs de descargas y leemos lo que podemos, aun a pesar de la gran cantidad de inconvenientes que presentan estas ediciones.

C19_Books_01Ediciones defectuosas, a cincuenta pesos la pieza

Los defectos de los e-books son graves: muchos de ellos carecen de cubierta, sus páginas legales vienen incompletas (cuando existen), los índices parecen trazados por malos estudiantes de secundaria, los formatos son un problema, la maquetación es irregular, y no hablemos del colofón, una suerte de utopía. Además, hay errores en los contenidos. Si los e-books representan un negocio promisorio, ¿por qué su diseño parece improvisado y muestra tantas deficiencias? Podría pensarse que las ediciones de paga están mejor diseñadas que las gratuitas, pero no siempre es así.

Un ejemplo: descargué los dos primeros capítulos de Madame Bovary en Amazon, ese adelanto sin costo que la tienda ofrece para enganchar al lector y luego venderle el volumen completo. La edición era defectuosa, como suele pasar. El error más reiterado: la conjunción copulativa “e” era a menudo sustituida por una “a”: “Emma era frívola a indolente.” Las oraciones se entendían, se podía seguir leyendo, pero poder seguir leyendo no es lo mismo que estar dispuesta a pagar por una edición descuidada. Ni siquiera los cincuenta módicos pesos que cuesta.

Entonces acudí a una página de e-books gratuitos, y me descargué su versión de Madame Bovary. Era exactamente la misma que había comenzado a leer en Amazon. ¿Verdad que hice bien en no pagar? Que no se me malentienda: me encantaría pagar los cincuenta pesos, o hasta doscientos, si a cambio recibiera una edición decorosa.

De vuelta a los básicos

Como la lectura de Madame Bovary me tenía ganada, acudí a una librería. Me compré una buena edición impresa, con un flamante estudio preliminar, con una página legal que puntualiza el nombre del traductor y la primera fecha de publicación de la obra. Porque pertenezco a una especie que espera leer literatura a partir de un diseño editorial digno. Mi solución, sin embargo, no me satisface del todo. ¿Por qué es tan difícil para las editoriales ofrecer un conjunto de libros bien diseñados? En estos nuevos soportes, las labores del diseñador se reducen en cuanto a interlineado y tipografía, que pueden modificarse en lectores como Kindle. Lo lógico entonces sería que los otros aspectos (índice, maquetación, cubierta) estuvieran mejor atendidos.

La digitalización no debe entenderse como una simple conversión de archivos, como una actividad mecánica que cualquiera puede realizar. Hace falta una generación de verdaderos diseñadores para los formatos actuales. Mientras tanto, no me extraña que sigamos leyendo libros impresos, aunque algunos lectores ya los entiendan como objetos de culto o de museo (lo cual situaría al diseñador editorial de la vieja guardia, ese que sí cumplía con su tarea, en una especie de parnaso).

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