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El abandono de la prohibición

El mundo moderno está lleno de contradicciones: encontramos que la sociedad moderna avala, reconoce e inclusive engrandece algunos vicios. Tenemos como ejemplo el caso del trabajo: existe una adicción conocida en inglés como workaholism, en referencia a aquella persona cuyo vicio es el trabajo excesivo, sin importar que abandone a su familia, a su comunidad, o incluso su salud y bienestar. Esta actitud en la sociedad moderna neoliberal es bien vista y respetada, pero indudablemente no deja de ser un vicio que genera grandes trastornos sociales. Por otro lado, es socialmente aceptado y hasta esperado que la gente en reuniones sociales tome alcohol, independientemente de las terribles consecuencias que el exceso en su consumo pueda tener en el cuerpo o en la sociedad.

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En Estados Unidos, en 1920, se enmendó la Constitución para incorporar la prohibición a la producción, distribución y venta del alcohol. Lo anterior como reacción a una sociedad conservadora que pretendía imprimir controles sociales extremos sobre el comportamiento de las personas en esa sociedad. ¿Cuál fue la consecuencia de esta acción? surgimiento de mafias que traficaban de manera ilegal con bebidas alcohólicas, que se convirtieron en grupos del crimen organizado sumamente poderosos y con una gran capacidad económica. La lección que tuvo la prohibición del alcohol en Estados Unidos fue finalmente que estas medidas no disminuían el consumo ni la adicción a estas sustancias, y realmente solo se generaba y patrocinaba el incremento del crimen mediante la restricción de su producción y venta.

La segunda mitad del siglo XX dejó como legado la llamada “guerra contra las drogas”, la cual ha sido auspiciada históricamente por el gobierno de Estados Unidos y su Agencia Central de Inteligencia: se han impuesto rigurosos parámetros de control sobre los llamados países productores de las sustancias determinadas como ilegales. El objetivo de esta guerra era evitar que las drogas llegaran a la Unión Americana.

Medio siglo más tarde, contabilizando los resultados de dicha “guerra”, lo único que encontramos es un colosal aumento en el consumo de drogas en Estados Unidos, cientos de miles de muertos en los llamados países productores, carteles de la droga con cobertura mundial y un poder económico incuantificable: en resumidas cuentas, un fracaso absoluto en la erradicación de estas sustancias.

La alternativa a esta guerra infructuosa ha sido planteada por diversos expresidentes de Latinoamérica: en foros como la Organización de Estados Americanos se ha sugerido replantear la estrategia, incluso se ha hablado de legalización. La realidad es que lo necesario es regular; esto es, plantear reglas para la producción, distribución y venta de cualquier planta o químico, ya que las drogas no son un problema de índole criminal en su origen, sino un problema de salud pública, de adicciones. Las drogas se convierten en un problema criminal solo con su prohibición. Si se regulan, se puede atender a las necesidades del adicto, con programas de prevención y tratamiento. Así, además de contar con mecanismos de control de calidad, se puede evitar complicaciones y fatalidades relacionadas con estas sustancias. Por último, se cobrarían impuestos sobre toda la cadena de producción y distribución, generando grandes ganancias para los gobiernos.

Los conservadores argumentan que de regularse las drogas, aumentaría sustancialmente su consumo, y que por ello, es mejor evadir el problema manteniendo la prohibición y esta guerra inútil. En Holanda desde hace muchos años se ha permitido la venta de la marihuana, sin que esto represente un aumento significativo en el consumo por parte de la población, lo que conlleva a estimar que no es una verdad absoluta lo que se argumenta al respecto.

A pesar del argumento anterior, se debe dar un tratamiento por separado y específico al caso de la marihuana: a finales de 2013 el gobierno del Uruguay reguló completamente este sector, tanto con fines recreativos como medicinales. La postura del gobierno de Pepe Mujica es muy válida: en 2012 murieron de tres a cuatro personas por problemas de sobredosis (pero no de marihuana), mientras que murieron 80 personas por ajustes de cuentas entre narcotraficantes. Por tanto, es mejor regular y quitar el poder a los capos de las drogas que mantener la guerra contra el adicto. Cabe destacar que no existe dosis mortal de marihuana, por lo que aun con las estadísticas planteadas en el Uruguay, las razones detrás de la prohibición de la marihuana atienden más bien a situaciones relacionadas con el efecto de esta planta en las personas, y no a su daño como tal.

Jamaica fue uno de los primeros países que prohibió la marihuana, cuando las autoridades se dieron cuenta de que las personas que fumaban esta planta eran más subversivas. ¿No será que los gobiernos (especialmente el de Estados Unidos) prefieren que la gente se embrutezca con el alcohol, y no que piensen y cuestionen a los gobernantes como efecto por fumar plantas como la marihuana? Esta reflexión es importante, ya que lejos de solucionar los problemas sociales, la prohibición de esta planta ha generado grandes trastornos y está teniendo graves consecuencias en sociedades como la mexicana.

En cuanto al resto de las drogas, particularmente las de producción química, su nocividad es evidente, pero la prohibición no soluciona el problema de su tráfico, por lo que es mejor su regulación a su abandono en la prohibición.

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