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Instagram o la nostalgia del presente

C18web_Inst_01Algunos puristas de la fotografía reclaman que con la digitalización y, aun peor, con las tecnologías masivas de comunicación —como Instagram— se ha vulgarizado la profesión. Quién sabe dónde haya quedado “la esencia” de lo análogo; el asunto es que, con mayor acceso a las herramientas fotográficas, los retos se complejizan, pues ahora “cualquiera” logra hacer que sus fotos parezcan las de un profesional (los filtros y las herramientas para editar son generosos). Además, al ser una plataforma tan abierta, las formas en que se puede usar Instagram son casi infinitas: fotógrafos “profesionales” que usan la aplicación como difusión de su trabajo; los que escanean sus fotos análogas y las comparten #sinfiltro; los que hacen de la selfie estampita religiosa; los que convierten su perfil en un escaparate de lo que van a comer o beber, de sus fiestas, viajes, conciertos, amigos, compras: un resumen puntual y obstinado de sus existencias.

C18web_Inst_02Así, más allá de coleccionar el mundo y hacer un registro sucesivo del tiempo, lo que Instagram ofrece es volvernos biógrafos de nuestro detenimiento. Narrar visualmente lo que contemplamos: construir escenarios que entrecrucen cotidianidades. En medio de circunstancias culturales caracterizadas por el exceso y la sobreproducción, detenerse resulta alentador.

Como menciona Elkin Rubiano, profesor de la Universidad de Bogotá, al hacer y subir una foto a Instagram intentamos “monumentalizar lo insignificante”. Quizá ahora seamos más conscientes de lo que nos rodea porque podemos capturarlo, editarlo, compartirlo y almacenarlo. La posibilidad de convertirnos en fotógrafos de tiempo completo nos hace revalorar lo abandonado, lo olvidado y lo que está atrapado en la rutina.

C18web_Inst_03Comenzar con retratar la genérica taza de café, los incansables atardeceres o la jacaranda floreciendo, para llegar a construir escenarios más complejos: la armonía que generan las sombras de los árboles reflejadas en el asfalto en ciertas horas del día; los juegos geométricos de los cables de luz; los ensambles de color y textura que se pueden hacer al acercarse un poco a las fachadas de los edificios; la desolación que provocan las piernas de algún desconocido; o, con agudas composiciones, ordenar cualquier elemento que se repita a nuestro alrededor: automóviles, nubes, latas en los pasillos del supermercado. La infinitud capaz de ser reconocida. Hacer de los rincones de nuestra cotidianidad monumentos donde otros no solamente pueden encontrarse, sino que pueden habitar.

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