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Madagascar: la libertad de viajar

IMG_3323 (jorge.entrelineas@gmail.com)El hombre es libre desde lo más profundo de su ser.
Ricardo Yepes Stork

Desde pequeño, viajar me ha provocado la sensación de ser libre: libre de la escuela, libre de la ciudad, libre del ruido, libre de la gente. Viajar me hace sentir pleno, sin ataduras, con la oportunidad de ir a donde sea, con la premisa siempre de saber cuándo partimos, pero no cuándo volveremos.

Habían pasado varias horas desde que despegamos del Charles De Gaulle rumbo a Madagascar. Marco mi hermano, con quien viajaba, se encontraba lejos de mi lugar en el avión. De vez en cuando nos veíamos en la parte trasera para tomar nieve del refrigerador, practicar nuestro francés (que solo nos sirvió para pedir hielo y cerveza) y estirar un poco las piernas. Durante el vuelo por África no supe nada de Marco. Después de varias horas más, mi asiento ya me hablaba de tú y la ventana desde la cual había contemplado montañas, desiertos, lagos y la noche oscura de África del Sur, me decía dulcemente al oído: “Hemos llegado”.

IMG_3973 (jorge.entrelineas@gmail.com)La aventura comenzó desde el visado en el aeropuerto. Mi nada de francés y el escaso inglés del policía aduanal resultaron en una charla muy breve. Al final, éramos bienvenidos a Antananarivo, capital de Madagascar. No queríamos permanecer mucho tiempo en la ciudad y, aunque tratamos de darnos prisa, nos tomó 72 horas escoger el vehículo perfecto, con el chofer indicado, para la travesía de 28 días por la isla. Nuestro primer trayecto duró más de nueve horas, y a pesar del jetlag no dejé de fascinarme por lo que veía a través de la ventana del coche todoterreno. Todo era nuevo ante mis ojos y muy viejo al mismo tiempo, mi cámara no dejaba de disparar.

Viajamos hacia el sur, de Antananarivo a Fianarantsoa, al Ronama Fana National Park, en busca del lémur rojo. El angosto camino siempre fue un recordatorio de que éramos extraños, de que debíamos ser precavidos. Después de un par de días, sanguijuelas, moscos, arañas y un largo hiking en el bosque lluvioso, nos dirigimos hacia Isalo National Park, en donde descubrimos los baobabs enanos y nadamos en una poza: por un momento, fuimos la atracción de los turistas que pasaban por ahí. Cada lugar que visitábamos era mejor que el anterior. La llegada a Toliara fue impactante. La bautizamos como “La ciudad del fin del mundo”. Pasamos la noche en el peor hotel en el que haya dormido.

IMG_5181 (jorge.entrelineas@gmail.com)Al siguiente día decidimos cruzar el desierto de Salary, para experimentar el buceo con tiburón blanco. Esta era la ruta que más incomodaba a nuestro guía e intérprete, Hasina, pues en los caminos arenosos del desierto se encuentran las aldeas de la “gente de la floresta”, que tiene por costumbre asaltar a los viajantes. A las afueras de Toliara, un francés, dueño de un restaurante, nos advirtió sobre lo peligroso del camino e hizo hincapié en que no nos detuviéramos por ninguna razón. Marco y yo decidimos emprender la ruta, sin ningún destino señalado en el mapa. Íbamos a la buena de Dios, en busca del paraíso malgache. Arena, sol y nada más. Tras medio día de camino el calor era insoportable. En varias ocasiones sentimos que el cuatro por cuatro estaba a punto de atascarse en la arena, lo que habría sido el final de la jornada y posiblemente de esa travesía. Baste con decir que por esa ruta pasa un vehículo cada tres o cuatro días en promedio.

Ya por la tarde llegamos a lo que parecía una aldea. Pasamos de largo a pesar de la gente. Los aldeanos se enfilaban a la orilla del camino para saludarnos mientras circulábamos. Chozas construidas con delgadas varas, niños que jugaban desnudos y corrían detrás del vehículo, señoras con faldas largas y desnudas del pecho que nos observan y sonreían felices, hombres con taparrabos: los más jóvenes llevan consigo un hacha corta, siempre ajustada a la cadera (su arma de caza). El lanzamiento de hacha es el deporte nacional. Dejamos el poblado con la escena de los niños corriendo detrás de nosotros. Su silueta fue tragada lentamente por la nube de polvo que quedó nuestro paso.

IMG_7839 (jorge.entrelineas@gmail.com)Fade a negros
Seguimos por el camino arenoso de Salary, sin señal en el celular ni manera de comunicarnos con nadie. De pronto Hasina detiene el vehículo. El paso está bloqueado por una zanja bastante profunda. Apagamos el auto y decidimos bajar a analizar la situación: gran error. Nos rodea un grupo de “gente de la floresta” liderado por mujeres. Hasina nos da la instrucción de subir al coche e intenta negociar con ellos. Marco decide quedarse abajo y permanecer alerta, yo insisto en que suba. Después de una acalorada discusión y gritos de enojo, continuamos nuestro viaje. Damos dinero a las líderes, que colocan tablones sobre la zanja para dejarnos pasar. El incidente no nos parece un robo: en realidad fue un cobro por uso de camino. Después de quedar atascados dos veces en la arena, de que las cervezas se agotaran y a punto de decidir dar vuelta atrás, encontramos un letrero que dice “Hotel Francesco”, con una flecha apuntando hacia unas dunas. Sin dudarlo decidimos echar un vistazo, con la esperanza de encontrar un lugar para pasar la noche.

Varias chozas se dispersan a lo largo de las dunas; al fondo, el mar y el viento proveniente de Mozambique. Nadie nos espera. Desde el interior de la cabaña principal se escuchan sonidos, alguien tarareando una canción. Al entrar vemos la espalda de un personaje delgado con la cabellera larga: el mismísimo Francesco de la Barca, propietario del hotel boutique, a quien le sorprenden nuestra visita y, sobre todo, nuestra nacionalidad. “Los primeros mexicanos que veo en persona”, dice. Pasamos la noche en el lugar. La cena, más que excelente y el trato de Francesco, de primera.

El hotel era magnifico: las cabañas rústicas con velo al rededor de la cama, el comedor central con su enorme mesa de madera finamente tallada, la terraza y el mar del estrecho de Mozambique, nos convencieron de permanecer más de una semana en el lugar. Los festines diarios de la gran cocina italo-malgache del hotel y la buena compañía de Francesco hicieron de esa estadía una de mis favoritas durante el viaje. Zarpar en piroga por las mañanas para a bucear en la barrera de coral es algo que aún añoro: el silencio al navegar, impulsados por el viento en una embarcación hecha de una sola pieza de madera, el viento húmedo, el rechinido de los cabos y los golpeteos de las maderas: un sublime momento de libertad. Durante esos días nos olvidamos por completo de todo y de todos. Por las tardes nos bañábamos en la playa para presenciar la puesta del sol y recibir el cálido viento de África del Sur.

Al octavo día nos encontrábamos en ruta por el camino de arena del desierto de Salary. No habría buceo con el gran tiburón blanco, pero tampoco era necesario. Lo vivido en el hotel perdido de don Francesco de la Barca, nos había ya dejado una marca en el alma, un recuerdo indeleble que ni el más grande de los tiburones sería capaz de superar.

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