Marcha 8-M: Guadalajara en resistencia violeta

Por Belinda Lorenzana

Fotografía / Sandra Grattarola

Es domingo por la tarde y las tapatías llenan las calles de la ciudad, vestidas de verde y violeta. Diversas, de diferentes colonias y barrios, con creencias a veces contrapunteadas, vienen dispuestas a manifestarse: niñas, adolescentes y jóvenes, mujeres de la tercera edad, todas juntas. Muchas de las asistentes marchan por primera vez, se muestran tímidas al principio, curiosas todo el tiempo. Marchan también las que no se nombran feministas, pero decidieron apoyar. Nunca antes en Guadalajara se vio una manifestación con este nivel de convocatoria. La cifra de Protección Civil habla de 35 mil personas, mujeres en su gran mayoría.

La jornada por el Día Internacional de la Mujer comienza desde las 11 de la mañana en la Perla Tapatía. Se celebran talleres, charlas y conversatorios. Antes de las 4 ya hay grupos de mujeres reunidas en Plaza Universidad, en la zona centro. Pitan carteles, conversan, se preparaban para la salida. Alrededor de las 6 de la tarde, la marcha arranca desde Pedro Moreno y Juárez hasta Chapultepec, rumbo a Niños Héroes. La afluencia es abrumadora, al grado de que mis amigas y yo preferimos permanecer en un solo contingente para no perdernos. Además de los grupos separatistas, queer y mixtos, este año hay contingentes de maestras con sus alumnas, de mamás con carriolas, de mujeres que hacen bordados. En la retaguardia se ven algunos hombres con pañuelos violetas y verdes.

Mientras avanzamos, compartimos un sentimiento muy particular, que va del hartazgo al entendimiento. Algunas lloramos cuando leemos una pancarta que nos conmueve o presenciamos el performance en que unas cien mujeres hacen percusiones con el cuerpo y gritan «¡estamos acá!». La gente apoya desde las banquetas y los balcones, donde se despliegan mantas moradas. Las consignas advierten «no queremos rifa, queremos justicia», «con falda o pantalón, ¡respétame, cabrón!», «verga violadora ¡a la licuadora!», «aborto sí, aborto no, eso lo decido yo», «señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente», «¡la que no brinque es macho!».

Hay mujeres que reparten agua embotellada; otras más, fruta y galletas, porque algunas comenzaron la jornada desde temprano y hay que mantenerse en pie, hidratarse, comer. El gesto me conmueve: mujeres procurando cuidados y atenciones a las demás, sin conocerlas. Se perciben la ternura y el acompañamiento, nos sentimos abrazadas por las demás.

Al pasar por el edificio de Rectoría de la Universidad de Guadalajara, se escucha la consigna «nuestro acosador también es profesor». La estatua de Fray Antonio Alcalde luce un pañuelo verde pintado con aerosol, alrededor de su cuello. Frente a él, una mujer, rosario en mano, lanza padrenuestros a todo pulmón, con los ojos cerrados y la cara al cielo, mientras las manifestantes gritan «mujer, escucha, ¡también esta es tu lucha!». Unos metros después, al margen del contingente, se ve a un grupo de seis o siete mujeres que lloran y se abrazan entre sí. El cuadro se repite en distintas ocasiones a lo largo de la marcha: mujeres abrazándose, escuchándose, consolándose y diciéndose «hermana, no estás sola».

Las colectivas reparten pañuelos violetas y algunas mujeres preguntan por el significado de los pañuelos verdes. Quienes reparten contestan con explicaciones breves y rapidísimas: «Se trata de un derecho, de salud, ninguna está obligada a abortar.» Así, la marcha sirve también para desatar conversaciones en torno al aborto, para que las más conservadoras escuchen las posturas de los feminismos y echen a andar sus propios cuestionamientos, más allá de los que se dictan desde el púlpito.

Está a punto de caer la noche, cuando quienes marchan delante de nosotras se repliegan, avanzan a toda prisa en sentido contrario. Nos tomamos de la mano y corremos hacia las calles aledañas a avenida Juárez. No entendemos qué pasa, hacemos preguntas en voz alta, estamos asustadas. Me comunico vía WhatsApp con amigas, algunas de ellas organizadoras de la marcha. Me explican que el caos se debió a hombres encapuchados que lanzaban agua. La petición es que nos mantengamos juntas y nos quedemos en el piso en caso de riesgo. Nuestro miedo se debe en parte a los rumores que se leían en redes sociales horas antes de la marcha: amenazas de ataques con ácido. «¡Tranquila, hermana, aquí está tu manada!», «¡no tenemos miedo!», se escucha. La manifestación continúa, seguimos caminando, ninguna mujer herida, ningún peligro confirmado.

Tras avanzar por avenida Chapultepec, la multitud se concentra alrededor del Monumento a los Niños Héroes, iluminado de color violeta, que esta noche se llama Glorieta de las Desaparecidas. Las madres y hermanas de las muertas toman el altavoz para contar sus historias. Las manifestantes responden con gritos que exigen justicia, corean los nombres de las víctimas. Las colectivas leen sus pronunciamientos. Las mujeres se abrazan entre ellas, se despiden de sus compañeras antes de volver a casa.

La noche del domingo 8 de marzo en Guadalajara se reviste del peso de lo simbólico: una multitud de mujeres ha tomado las calles, como preámbulo al paro del día siguiente, en que se verá a muy pocas mujeres en oficinas, tiendas, escuelas, por primera vez en la historia de nuestro país. «No somos histéricas, somos históricas», se lee en una pancarta, y me viene a la mente que la palabra histeria contiene una historia universal de la misoginia, que las mujeres de México y Guadalajara estamos protagonizando un episodio histórico.

Pasados la marcha y el paro, el color violeta persiste: puede leerse en los periódicos, verse en los miles de videos y fotos que circulan en redes sociales. Nosotras seguimos preguntándonos qué debemos cambiar y cómo, seguimos buscando maneras de lograr que las autoridades del estado y el país, las instituciones, las personas a nuestro alrededor, también se lo pregunten.

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