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Ni para dónde hacerse

Dos graves problemas deberían quitarnos el sueño como humanidad: la terrible crisis migratoria en el mundo y la insultante desigualdad que prevalece en prácticamente todos los países. El hombre se ha movido de un sitio a otro desde que apareció sobre la faz de la tierra. Algunas veces en busca de mejor clima y otras en busca de alimento. Más tarde, su propia vocación aventurera lo llevó a explorar más allá de su hogar. Somos nómadas. Es nuestra naturaleza. Pero las fronteras se han endurecido cada vez más. El planeta ha sido poblado por inmigrantes y ahora nosotros mismos nos cerramos las puertas unos a otros sin la menor misericordia. La misma gente que en su momento fue acogida por otros países, sugiere ahora construir murallas para que nadie entre ya. Esta burbuja en la que nos encontramos se manifiesta desde nuestro microcosmos; a muy poca gente le importa el prójimo. Si tu vecino grita, le subes el volumen a la tele para no involucrarte. El individualismo reina. Alcanzamos el nihilismo y muchos hacen alarde de ello.

C27_DB_02Cuando alguien tiene las agallas de dejar atrás su patria es por una razón simple: encontrar en otro sitio lo que es imposible lograr en su propia tierra. La mayoría de la gente que emigra a otros países busca lo más elemental para desarrollarse en paz, con justicia y dignidad. El origen de esa necesidad radica en la enorme desigualdad que prevalece en el mundo. Los que todo lo tienen quieren más. Y no están dispuestos a compartir un céntimo de lo que han acumulado, muy probablemente a costa del trabajo barato de alguien más. Pero tampoco están dispuestos a generar las condiciones para que los que nada o poco tienen, encuentren la vía para vivir dignamente, para ser productivos y finalmente, si es posible, alargar esos momentos de felicidad que llegan de manera esporádica. Cuando en Estados Unidos escuchan a Bernie Sanders decir que el país necesita una revolución social urgente, muchos estadounidenses se asustan y creen que el socialismo significa que a la gente le quiten su casa para dársela a alguien más. Así no es la ecuación. Es mucho más simple. Para que todos tengan acceso a lo más elemental para el bien vivir, esos pocos que lo tienen todo deberán pagar más impuestos para que todos se beneficien de lo que han ganado.

Nuestra historia en México es una historia escrita a base de traiciones. Traición entre los pueblos que permitieron al invasor español ganar la conquista de México y traición hasta nuestro días, cortesía de pillos disfrazados de políticos que han hipotecado a México en una flagrante traición a la patria. Hace más de 500 años nos cambiaron espejos por nuestro oro y ahora nos cambiaron votos por unos cuantos devaluados pesos. De esta forma han asegurado perpetuarse de nuevo en el poder. Tienen la cara tan dura que les rebotan los reclamos de la gente como si fueran goma. Y así se irán, con los bolsillos repletos de una riqueza que no les pertenece y con las manos manchadas de sangre. Y vendrán otros y seguirán ordeñando a México. Un México que no se acaba, por rico, por generoso. ¿Qué tanto tendrá nuestro país que no se lo han podido acabar desde la conquista hasta nuestros días? Cuando se creó el universo, los dioses se dieron cuenta de que a México le habían dado absolutamente todo. De manera que para balancear, nos dieron políticos corruptos. Se ven al espejo y se dicen: Corrupto. Vende patrias. Traidor. Inepto. Y no les importa. Se van a la cama y duermen tranquilos.

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