Sobre Ya es mañana en Hong Kong

“Algunas veces debes tocar por mucho tiempo
para ser capaz de tocar como tú mismo.”
Miles Davis

Siempre lo he creído: hacer películas que corran en tiempo real es verdaderamente difícil, y sobre todo por la percepción que uno mismo tiene del tiempo cuando platica o está enganchado en una conversación con alguien. Hacer transiciones de situaciones o emociones del tiempo en escenas es complicado, ya que se siente una pérdida de continuidad al cambiar de plano y no aparecer en la misma locación. Pero este no es el caso de Ya es mañana en Hong Kong, la ópera prima de la directora y guionista Emily Ting, quien hace un trabajo maravilloso al establecer la relación del tiempo con el plano emocional de sus personajes centrales, la privacidad emocional de los pequeños recorridos y platicas de Josh y de Ruby —los sueños no realizados, las burlas y la conexión química y emocional que empiezan a compartir desde que se conocen.

Ruby (Jamie Chung), una californiana que visita Hong Kong por primera vez, no puede descifrar el paisaje urbano lo suficientemente bien como para localizar a sus amigos. Afortunadamente, Josh (Bryan Greenberg), un expatriado estadounidense que vive en Hong Kong desde hace años, está cerca de ella cuando su celular se queda sin pila, y se ofrece a guiarla hacia sus amigos. Mientras caminan, caminan y caminan, se produce un coqueteo sutil, pero el momento se rompe por una revelación de menor importancia (que fuera del contexto de esta película, significaría un spoiler). Baste decir que estar juntos tendrá consecuencias para los dos.

Un año más tarde, en un ferri, se vuelven a encontrar como si el destino los quisiera juntar o porque quizá en otras dimensiones ya ha estado juntos. No aprendemos lo suficiente sobre ellos, y ellos no aprenden mucho uno del otro, y en este sentido la película no logra desarrollar el carácter de sus personajes, pero no deja de ser un ejercicio visual y emocional abarca grandes franjas electrizantes del paisaje urbano de Hong Kong y sus abarrotadas calles, simulando el ruido continuo que hay en las relaciones humanas. La ciudad se convierte, tanto en lo visual como en la narrativa, en cómplice de la relación en desarrollo, en un telón de fondo para la posibilidad de que la pareja acabe reunida para siempre.

c28_hongkongAbrí con la frase de Miles Davis porque también creo que en las relaciones humanas, entre más pasemos tiempo con una persona, vamos siendo más nosotros mismos, aunque no lo queramos, pero también porque vamos sintiéndonos más cómodos en contar cosas más íntimas, y esto va revelando poco a poco quienes somos verdaderamente, hasta que la imperdonable impiedad del tiempo acabe por revelarlo todo. El revelarlo todo no es malo si desde un principio entramos con la cara más honesta posible. Y en ese sentido Ya es mañana en Hong Kong construye a sus personajes así, y eso hace más fácil que en el poco tiempo que recorremos las calles de Hong Kong con ellos, se hagan más verosímiles y la posibilidad de creer en el amor a primera vista se realice.

Es difícil ver Ya es mañana en Hong Kong, donde un hombre y una mujer se encuentran al azar en una ciudad importante: en una noche llevan una amistad hacia una relación más profunda. No cabe pensar en Antes del amanecer de Richard Linklater (una de mis películas consentidas, por cierto), porque es una película de culto en este tema y su desarrollo es más cercano a la realidad, mientras que en Ya es mañana en Hong Kong el desarrollo y el romance quedan un poco cortos. Sin embargo, esta nueva versión de un romance fugaz sin saber el verdadero final, no deja de ser un viaje íntimo, cosmopolita, agradable y sincero.

Romance, Love, Life

A falta de buen cine y de buenas historias por contar en las pantallas de los cines, la tv una vez más gana terreno con sus apuestas atrevidas, lideradas obviamente por Netflix. No solo son series de acción sino también de comedia, romance y varios documentales. Pero dentro del cine independiente y los festivales como Sundance, que ya de independiente le queda muy poco, surgen algunas propuestas que llaman la atención (o por lo menos a mí me llaman la atención): esas historias que relatan las relaciones humanas y cómo las vivimos e interpretamos hoy en día, entre las que resalta Manhattan Romance.

Siempre he sido un fan de las chick flicks y no me apena aceptarlo. Desde chico quedé marcado por el tipo de relaciones de amor representadas en la pantalla por películas como Can´t Buy Me Love, Pretty in Pink, St. Elmo’s Fire, Some Kind of Wonderful, por nombra algunas. En aquel panorama, sin duda alguna un director sobresalía con sus filmes, que marcaron a toda una generación, y ese director era John Hughes. Todos los que nacimos en los años 70 y 80 vimos por lo menos uno de sus filmes: Sixteen Candles, The Breakfast Club, Ferris Bueller’s Day Off, entre otras… Por lo general los actores de esa generación eran los mismos en todas las películas para adolecentes.

Pero esas historias quedaron atrás, ni si quiera los finales se parecen a los de hoy en día, y me refiero a los finales de filmes serios con propuestas novedosas e interesantes, no a las comedias taquilleras que siempre tienen un final feliz (no se trata del mismo cine). Aquí estamos hablando de lo que el cine es realmente: un reflejo de nuestra sociedad, en donde la vida real se pasa a la pantalla y viceversa. Un ejemplo claro es la serie Love de Netflix, producida por el John Hughes de la época actual, Judd Apatow, quien también produce y coescribe Girls de Lena Dunham (que nada tiene que ver con Sex and the City, aunque todo suceda en Nueva York… es otro tipo de Nueva York y totalmente otra audiencia).

Love es una historia por completo actual sobre los desamores de un nerd viviendo en Los Ángeles, una radiografía de las relaciones del presente, con un descaro y una crudeza tan reales que asustan, porque no hay finales felices, es más, no hay finales, punto, lo que vemos es la vida misma que continúa. Las relaciones hoy en día, a mi parecer, son lo que cada uno de nosotros queramos que sean. “Hay diferentes maneras de querer”, me dijeron una vez, y sí lo creo. No se puede meter un sentimiento como el amor en un esquema, es como la creatividad: no se puede decir que hay que ser creativo solo hasta la pared de enfrente o solo con un par de colores… En fin, creo que ya me desvié del tema, pero así mismo los nuevos cineastas y escritores se desvían de la manera tradicional de escribir para abrir nuevas puertas y construir nuevas narrativas que reflejen su constante construcción de la identidad.

Manhattan Romance CreamManhattan Romance del director Tom O’Brien se centra en Danny (Tom O’Brien), un editor y documentalista comercial que intenta terminar su película —un estudio sobre las relaciones modernas— mientras navega por las relaciones en su propia vida. Danny perseguirá lo inalcanzable: Theresa, una bailarina de espíritu libre (Caitlin Fitzgerald), o admitirá finalmente que está enamorado de su mejor amiga, Carla (Katherine Waterston), quien se encuentra en una relación insatisfactoria con Emmy (Gaby Hoffmann), una estratega política. Lo que más sobresale de esta película es la naturalidad con la que el actor, escritor y director aborda todos los temas, y esto no es más que seguramente un reflejo de lo que él ha vivido personalmente. Él solo lo traspasa y lo decora para su película, y por eso funciona tan bien, porque es real.

El debut del director en 2012, con el filme Fairhaven, seguía la historia de tres treintañeros desilusionados por la vida, que vuelven a conectar en su ciudad natal. O’Brien centra el malestar de estos tres individuos en Massachusetts, usando la húmeda ciudad costera para enfatizar las limitaciones y frustraciones de los personajes, creadas por las falsas promesas de terminar la universidad y llevar la vida perfecta. Sin embargo O’Brien se vale de la vorágine de la ciudad de Nueva York para Manhattan Romance como escenario, para enfatizar la vida individual y desconectada de sus personajes, mientras que conscientemente hace una versión más cruda de una comedia romántica de Woody Allen.

Beautiful Savage

La primera vez que vi una película de Iñárritu fue por ahí de 1999. Vivía en el extranjero, en Seattle Washington para ser preciso, y es relevante que mencione donde vivía porque la nostalgia por lo mexicano o lo de casa siempre se acentúa en ese tipo de clima lluvioso de días grises y cortos. La verdad es que Amores perros me voló la cabeza y quizá me atreva a decir que en el momento era la mejor película mexicana que había visto jamás. Repito, vivía fuera y a lo mejor otros factores influían para dar ese veredicto. Sin embargo sigo creyendo que esa película ha sobrevivido al tiempo, sigue siendo un gran filme, sobre todo por la narrativa de las tres historias que corren en paralelo y tienen un mismo hilo conductor, lo cual para la época era toda una novedad, especialmente en “el nuevo cine mexicano”.

Yo nunca había oído hablar del “Negro” González Iñárritu ni de sus genialidades en la radio, ni de su trabajo como director creativo de los promos de Televisa en Canal 5. Para mí era un creador desconocido que tenía una tremenda ópera prima y llegué a pensar que podía ganar el Óscar a la mejor película extranjera. Ahora ni siquiera recuerdo si estuvo nominada o no, pero sí recuerdo que esa peli catapultó la carrera de Gael García Bernal gracias al trabajo de Iñárritu dirigiéndolo y sacando lo que quería de él como actor. Después de Amores perros vinieron las otras dos entregas de la famosa trilogía de Iñárritu y Guillermo Arriaga: 21 gramos y Babel, que para mi gusto pasaron sin pena ni gloria, rescatando por ahí las actuaciones de los actores que tuvo en sus repartos, como Sean Penn, Brad Pitt e incluso la mexicana Adriana Barraza, la cual recibió una nominación al Óscar como actriz secundaria.

En ese entonces Iñárritu empezó a recibir atención de la prensa y Babel llegó a estrenarse en el Festival de Cannes. De ser un “desconocido” el director pasó a ser una de las figuras más importantes de la industria del cine a nivel mundial. Incluso sus detractores lo acusaron de no darle el suficiente crédito a Arriaga por los logros de las películas y ahí viene la famosa ruptura entre el director y el guionista.

La verdad es que después de Babel Iñárritu me parecía un tipo chocante y arrogante y para ser honesto su película Biutiful me pareció pretensiosa, aburrida y hasta patética. Confieso que sí fui de los que pensó que sin su dupla (Arriaga) Iñárritu no volvería a hacer nada relevante o por lo menos con sustancia, pero cuatro años después me cerró la boca y ganó el Óscar por Birdman. Yo seguía siendo escéptico, sostengo que los méritos de Birdman tienen que ver con la narrativa, relacionada con el trabajo de Lubezki más que con el propio Iñárritu. Tampoco el guion me pareció tan atractivo como otras propuestas, o como lo que resultaba cuando Alejandro coescribía con Arriaga. Reconozco que como buen mexicano no darle el mérito a otro mexicano es una postura muy típica, especialmente cuando hace lo que yo solo sueño con hacer.

Pero ahora con The Revenant veo en Iñárritu lo que muchos vieron antes: su salvaje genialidad, su brutal honestidad al realizar cine como en su primera entrega, Amores perros, cuyo título lo dice todo. En su última entrega el salvajismo del director está lleno de maestría y experiencia y logra controlarlo de manera majestuosa para entregarnos para mi gusto su mejor trabajo a la fecha.

Beautiful Savage CreamThe Revenant es una historia violenta, visceral, y sin embargo transformacional, de la supervivencia y la venganza, y así mismo esta filmada, actuada y producida. The Revenant es una salvajada en todos los sentidos y es que la brutal violencia que tiene el filme sacará a algunos espectadores del cine, retorciéndose en el malestar y el dolor emocional. Sí, es así de excesiva, pero totalmente justificada. Todos los escenarios son reales, está filmada con luz natural y el diseño de producción y la producción misma son de una grandeza que solo siendo un espíritu salvaje se llegan a lograr.

Inspirada en hechos reales, como se suele decir, y en una novela histórica de 2002 escrita por Michael Punke, The Revenant muestra a Leonardo DiCaprio en una de sus actuaciones más impresionantes, como Hugh Glass, un hombre de la frontera, que en 1823 fue contratado como explorador por el Rocky Mountain Trading Co. para dirigir a un equipo de cazadores de pieles, a través de un territorio que algunos años más tarde se convertiría en parte de Dakota del Sur.

La peli es violenta e implacable desde la primera escena. Pero el realismo con que es realizada es raramente visto o escuchado: el sonido de una flecha perforando la carne de un hombre y, casi al instante que termina su vida, todo parece tan increíblemente real. Pocas películas han hecho un trabajo tan brillante de capturar la dureza de la vida en la frontera de hace casi dos siglos. Por su narrativa y la música que lo acompaña, el filme nos invita a la contemplación y a la reflexión interna y nos sumerge en ese helado mundo que ha perdido su humanidad, que saca lo más animal y primitivo de cada uno de los personajes por el mismo entorno que los rodea.

Quizá a la hora en que este artículo esté impreso la película habrá sido multipremiada, o a lo mejor no, pero lo que es innegable es que Iñárritu se consagra junto con el “Chivo” Lubezki como uno de los artistas mexicanos más importantes de todos los tiempos (léase en el contexto actual, en términos de tecnología, contenido en su ámbito) y hace que México, como país, sobresalga por actos salvajes, pero salvajes de creatividad y no de otra índole, por la cual siempre somos el centro de atención en el extranjero.

La importancia del rigor

En la pasada entrega de los óscares… Sí, ya sé, ya pasó mucho tiempo, y para el momento en que esta revista y el articulo estén en manos de algún lector, ya el tema será obsoleto… Pero no quiero dejar de escribir sobre la importancia que este año en especial tuvieron los productores independientes y cineastas comprometidos, versus los grandes estudios que miden su éxito en taquilla y no en la relevancia que cobran los proyectos con el paso del tiempo. Me parece preciso escribir sobre el legado de los productos culturales con el paso del tiempo, ya que Cream cumple cuatro años.

Cuatro años de esfuerzo y de reunir talento a partir de una idea y una visión editorial que le da espacio y voz al talento tapatío, por el puro placer de mantener un medio de expresión. Este es mi caso, son cuatro años ya escribiendo y compartiendo mi visión y opinión muy particular sobre el cine y su relación con los tiempos en los que vivimos. Ninguna de estas voces y talentos habría tenido la oportunidad de expresión, sin las creadoras de este proyecto, Jocely Alatorre (Jocy) y Ana Paula Orozco (la Niña), quienes desde sus inicios no descansaron, para hacer de esta revista, junto con sus colaboradores, una particular opinión tapatía e internacional, sobre tendencias en moda, cine, gastronomía, arte, opinión, etcétera. Muchas gracias a las dos por este espacio y por el empeño, cariño y paciencia que le ponen a este gran proyecto de amorosos.

Regresando al tema de este espacio, al parecer es ahora el cine quien está tomando una pausa y hace referencias, ejerce prácticas de la televisión de autor, cuando siempre fue al revés. El cine independiente ha cobrado una fuerza muy importante en los últimos años y prueba de ello es que la mayoría de las películas nominadas a los premios no fueron grandes éxitos en taquilla. Esto habla de un cambio generacional en la Academia.

Importancia del Rigor creamBirdman, Wiplash (mi favorita), Boyhood, Selma y El gran hotel Budapest, son películas cuyos directores fungieron como productores, y en su mayoría también como guionistas. Estamos ante propuestas completas, que atienden hasta el más mínimo detalle y se nota, que nacen de una idea que es llevada hasta sus últimas consecuencias, sin parar y hasta llegar a la pantalla. Son proyectos cuyos autores creyeron en su sueño y lo hicieron realidad, hasta estar nominados a un Óscar, algo que podría sonar banal, pero en términos de reconocimiento, no creo que haya un honor más grande.

Atrás quedaron los días de cuando Iñárritu era un publicista y un locutor de radio. Ahora, con un premio en Cannes y tres óscares, se puede dar el lujo de escoger sus proyectos. Hoy sigue haciendo lo que él quiere sin ceder a las exigencias y demandas de Hollywood, sabiendo que lo que hace, guste o no, lo hace como él lo quiere hacer. ¿Cuántas personas pueden decir que hacen lo que les gusta? ¿Cuántas personas están persiguiendo su sueño hoy en día? Esa es la gran lección de esta última entrega de los premios: creer en lo que uno hace y llevarlo hasta las últimas consecuencias. No todos terminarán con una estatuilla en las manos pero no estarán lejos de hacerlo.

Otro ejemplo de nunca traicionarse a sí mismo es Wes Anderson, uno de mis cineastas predilectos. Su estética y su narrativa son ya un sello muy característico de su cine. Jamás ha cedido al statu quo de la industria y perseveró tanto que con su filme El gran hotel Budapest logró su obra más exitosa en términos de reconocimiento pero sin abandonar su manera de hacer las cosas. Su proyecto estuvo lleno de magia, sin dejar de mencionar el gran elenco con el que contó. Eso hace que los grandes actores quieran participar en sus películas.

Por último, no quisiera terminar sin antes mencionar Whiplash, un filme lleno de autoría y cuyo principal ingrediente es el actor J. K. Simmons, en el papel de un complejo y determinado profesor de música. Su único fin es llevar a sus alumnos a buscar la excelencia, por encima de todas las cosas, perseguir el sueño sin mirar atrás y elevar el espíritu humano en la profesión, que sea a lo más alto. Eso es lo que hicieron estos cineastas con sus propuestas.

Para mí Cream es eso: un proyecto dirigido por dos mamás, esposas, amigas, editoras, que dedican su tiempo libre a hacer una revista llena de talento (con excepción de la parte de cine). Edición tras edición la publicación va mejorando, sin ceder a las exigencias de los clientes y sin cambiar su estilo editorial por cumplir con el deber ser. Así, se ha logrado mantener como una revista auténtica sin ser pretenciosa.

Ha sido un privilegio, durante estos cuatro años, ser parte de este sueño, que ahora nos pertenece a todos los que colaboramos en él. Esperemos que estos cuatro se conviertan en muchos años más.

Boyhood y la huella del tiempo

¿Por dónde empezar? Y es que uno de los proyectos más interesantes y personales del cine, Boyhood, finalmente fue presentado en cartelera. Filmada durante doce años con el mismo elenco, Boyhood de Richard Linklater es una historia innovadora sobre vivir a través de los ojos de un niño llamado Mason (Ellar Coltrane), que literalmente crece en la pantalla, delante de nuestros ojos. Protagonizada por Ethan Hawke y Patricia Arquette como padres de Mason y con Lorelei Linklater como Samantha, su hermana, Boyhood navega las turbulentas aguas de la infancia como ninguna película lo había hecho antes.

Instantáneas, escenas de la adolescencia, de los viajes por carretera, cenas familiares, cumpleaños, graduaciones y todos los momentos intermedios, como polaroids que nos cuentan una historia a través de los años, sin perder los sucesos relevantes que van formando el carácter y el temperamento de los personajes… Así el argumento es convertido en un viaje trascendente, acompañado por una banda sonora que abarca los años de Coldplay, Arcade Fire Deep Blue y muchos otros más. Boyhood es a la vez una cápsula del tiempo, nostálgica del pasado reciente, y una oda al crecimiento y la educación a los hijos. Es imposible ver a Mason y su familia sin pensar en nuestro propio viaje del lado del niño creciendo y del lado del padre, en el ejemplo y la educación que les damos a los hijos.

Y la primera pregunta que se me viene a la mente es ¿realmente en algún momento maduramos y crecemos? O ¿siempre nos ven los niños tan confundidos como nos sentimos al crecer, y ahora, al educar a nuestros propios hijos? Mi generación, la llamada generación X, creció con miedo y a la vez respeto a los padres que, de ser adolescentes, se habían convertido en “señores” de un día para otro. Nosotros en cambio nos fuimos a vivir solos, vivimos en pareja antes de casarnos, fuimos solteros hasta muy tarde, y ahora nos vemos criando niños mientras regresamos de algún festival de música. No solo eso, vivimos con un miedo constante respecto al tema de la educación a los hijos.

BoyhoodLos niños, como pudimos verlo en Booyhood, no hacen más que vernos. A ellos no se les va nada, jamás los engañamos, entienden casi todo lo que sucede en el ambiente familiar, o por lo menos lo perciben: las peleas, el estrés y las preocupaciones. Justo esto es lo que Linklater refleja con su película: el ambiente familiar y cómo una sola persona lo percibe desde corta edad.

En cada momento del filme crecemos con el personaje. Es como si viéramos su vida en un solo intento, pero Linklater no revela qué año es en cada momento, excepto a través de las canciones de la banda sonora o de los acontecimientos sociales. No siempre sabemos la edad de Mason, mientras va desde la primaria hasta la secundaria. Los episodios individuales parecen atemporales: una plática incómoda con su papá sobre el uso de anticonceptivos (en un boliche), conversaciones molestas con sus maestros, que admiran su talento, pero creen que no está dando su mejor esfuerzo en la clase, un concurso de fotografía donde evita los elogios después de ganar una medalla de plata…

Porque conocemos a Mason desde niño y tan bien que ya invertimos en él desde el principio. Coltrane tiene un temperamento tímido que, como él, crece literalmente en el papel; es como si hubiera aprendido a través de la actuación, sintiéndose cada vez más cómodo en los zapatos de Mason. Él está en cada escena, es capaz de ver o escuchar lo que está pasando, y nos sentimos como los padres al enviar a un niño a la universidad, cuando por fin el protagonista sale de su casa rumbo a la Universidad de Texas. Linklater no está haciendo una autobiografía, pero como director debe haber simpatizado con un personaje que apenas se preocupa por la escuela y, sin embargo, desarrolla un talento para el arte visual.

Hace algunos años, en una experiencia alucinógena con hongos, tuve la sensación de ver todos los eventos que me habían formado en la vida, los que me habían impactado tanto que fueron moldeando mi personalidad hasta ese momento: conversaciones, eventos, sensaciones físicas, regaños, caídas, reacciones, pláticas con mi abuelo, en fin… Todos esos momento pasaron ante mis ojos en un par de segundos. Bueno, el tiempo es relativo en ese momento debido a la intoxicación de la psilocibina que provocan los hongos, por lo que no sabía qué tan rápido o lento había pasado el tiempo… Lo que quiero decir es que Boyhood es esos momentos, pláticas y circunstancias en la vida de un niño, en su camino hacia la edad adulta, y que la situaciones de su vida tienen cierto impacto en nosotros como espectadores, pues vamos armando el maravilloso rompecabezas de la vida de nuestro querido protagonista.

Las charlas que no entiendes de chico o de joven, que vienen de tus papás, que a su vez vienen de un lugar llamado la experiencia, en ese momento no tienen sentido y crees que nadie te comprende. Pero con el tiempo te das cuenta de que tenían todo el sentido, solo que era necesario vivir para entenderlo, y la experiencia y el conocimiento lamentablemente no se pueden platicar, solo se aprenden viviendo.

Las conversaciones más relevantes que tiene Mason, suceden cuando termina con la novia y se cuestiona el sentido de la vida (no hay nada más formativo en la existencia de alguien que el hecho de que le rompan el corazón) y es entonces cuando Mason se convierte en un adulto, y nos despedimos del niño que creció literalmente con nosotros.

No es necesario saber sobre el largo programa de producción de Boyhood para entender su grandeza. La historia de fondo es absolutamente fascinante, pero Linklater utiliza esos doce años para elaborar la mejor película posible, lo que resulta en una experiencia cinematográfica única. No hay nada que se le parezca y eso la convierte en un evento singular que sobrepasa la prueba del tiempo. La nominación oficial para el Óscar al mejor director se describe de la siguiente manera: “excelencia en la dirección cinematográfica”, y esa es la descripción perfecta de lo que Richard Linklater ha logrado con Boyhood.

Dariela los martes

Muy al principio de Cream, cuando empecé esta columna, escribí sobre una película que giraba alrededor de los cambios emocionales de las parejas al inicio de las relaciones. En esta ocasión quiero retomar el tema, pero desde otro punto de vista, esta vez plasmado en la segunda entrega cinematográfica del director Mauricio T. Valle, Dariela los martes, escrita, producida, dirigida y protagonizada por él mismo.

Mauricio nos regala una historia muy íntima que casi se puede tocar y respirar, sobre la complejidad que viven las parejas hoy en día, en busca de la felicidad, sin realmente comprometerse por completo a sostener una relación estable. La trama es contada a través de diferentes formatos cinematográficos: es imposible no perderse por momentos en los recuerdos propios de esas sensaciones. Lo que más me gusta del filme es que la técnica y los diferentes recursos no se separan del diálogo ni del guion; al contrario, ayudan a contextualizar y forman parte de la película, como si fueran otros protagonistas cuyo rol es ubicarnos en el tiempo y en la memoria emocional de los personajes.

Dariela, representada por Paola Núñez, es una actriz involucrada en una relación que al parecer no la hace del todo feliz y que busca retos nuevos en su trabajo de actuación. En se contexto conoce a Rodrigo (Mauricio T. Valle) quien le propone papeles que la reten un poco más, y entonces comienza su relación, basada en el pacto de verse solo los martes: no importa si la cita dura unas horas o todo el día. Solo los martes. Al principio pareciera ser la amistad o relación ideal, ya que ambos guardan sus energías para ese día tan especial en que se disfrutan el uno al otro por completo. La cosa se complica cuando Dariela se va a Nueva York por asuntos de trabajo y Rodrigo decide ir a visitarla. Más tarde los dos hacen un viaje juntos a París.

Mariela los martes ilustracionLo que al principio pareciera una aventura que nos dará más romance e intimidad que solo un día a la semana, se convierte en un viaje por los rincones obscuros que los personajes guardan y comienzan a mostrar con el tiempo. No es que todos tengamos la obscuridad de Dariela, sino que, con el tiempo, dejamos salir aspectos de nuestra personalidad, capaces de alejar a quienes no estuviesen tocados por el enamoramiento. Dariela parece ser una chica simple, sin mucho mundo intelectual, que solo es actriz por ser bonita, pero ya avanzado el filme nos damos cuenta de que la personaje está llena de complejidades, de que sufre de un insomnio que la ha hecho adicta a las pastillas para dormir, de que, al no lograr el sueño, vive en una profunda tristeza interna, lo que le provoca una irremediable ansiedad, explicable solo a través de un llanto profundo.

El planteamiento de la obra es acorde a lo que se vive hoy en día: las relaciones fugaces sin un verdadero compromiso, duraderas solo mientras exista algo que mantenga el interés mutuo, desprovistas de los ideales de sobrellevar los malos momentos para intentar un proyecto de vida conjunto, una familia en algunos casos. La película replantea la manera de relacionarse: nos hemos dado cuenta de que cada vez funciona menos el matrimonio como institución o forma de vida y de que es necesario buscar nuevos caminos. Después de haber visto a toda una nueva generación de padres jóvenes divorciados, nadie quiere seguir esos mismos pasos.

Mauricio T. Valle plantea esta idea como una especie de fantasía, que se rompe y se vuelve real cuando el contacto directo e íntimo de dos personas es abrumado y demolido por la depresión, ya que no importa qué tan open mind sean los personajes ni cómo puedan plantear sus relaciones: las enfermedades de la mente hacen que el factor humano se haga presente, que nada pueda seguir siendo perfecto por siempre. Dariela los martes ofrece un gran guion, contado de una manera introspectiva y fresca. Esta película, aunque de bajo presupuesto, se logra de manera formidable: de lo mejor que ha dado el cine mexicano en los últimos tiempos.

Nymphomaniac

Todos sabemos que cuando se acerca el verano las salas de cine se ven inundadas de películas de medio pelo, que luchan por un lugar en la cartelera, y la programación de los cines se convierte en una verdadera pelea de perros, en donde la permanencia de las películas está totalmente sujeta a la venta de boletos. En dicho escenario, películas como El gran hotel Budapest de Wes Anderson o Nymphomaniac de Lars von Trier, tienen una corta vida en los cines, debido a su alto contenido cultural, ya que la mayoría de la gente está esperando los blockbusters y solo quiere ir al cine a entorpecerse.

Nymphomaniac volumen 1 es la historia de Joe (Charlotte Gainsbourg), una autodiagnosticada ninfómana que es descubierta por un soltero mayor, Seligman (Stellan Skarsgård), tras recibir una paliza en un callejón. Es él quien la lleva a su casa. A medida que él atiende las heridas de Joe, ella relata la erótica historia de su adolescencia y de su edad adulta.

La película muestra a Joe tratando de llegar a un acuerdo con lo que ella es. Ella dice que no es una buena persona y está intentando llenar un vacío (que es incapaz de hacerlo), y creo que en este caso su búsqueda está equivocada, ya que se esfuerza por sentir algo, a través del sexo, que no tiene nada que ver con lo que está buscando. En una de las escenas una amiga le comenta que el ingrediente secreto del sexo es “el amor”, y Joe se molesta, ya que no lo conoce.

Nymphomaniac  representa un giro interesante en la perspectiva de un adicto que nunca ha recibido el tratamiento adecuado. La amargura de Joe se refleja en su vida sin remordimientos y en el egoísmo de la búsqueda del placer para satisfacer alguna necesidad. En este sentido todas las adicciones son egoístas y nos alejan del mundo y de los que nos rodean, porque al final las mantenemos en secreto, sin poder compartirlas con nadie. De esa forma, nos aislamos, empezamos a llevar una vida para nosotros y otra para los demás. El filme le arranca el romance y la intimidad al sexo y sobrecarga el acto con lujuria pura.

Es claro que Joe usa su sexualidad para controlar a los hombres. Su arma es poderosa ya que tiene a su favor la belleza y la juventud, pero acaba siendo controlada por su sexualidad sin darse cuenta, perdiendo su sentido de realidad. Esto se convierte en un círculo vicioso en donde las respuestas no yacen en el vicio sino en los caminos que han conducido a él.

NymphomaniacLars von Trier, de alguna manera, nos vende la idea de que el sexo en nuestra sociedad está sobrevaluado. En cierto punto tiendo a coincidir con él, ya que la idea del sexo como se nos presenta hoy en día, en la cultura popular, es la de un sexo victorioso, sin amor, que brinda soluciones a todos nuestros problemas. Esto no puede estar más lejos de la realidad.

Originalmente concebida como una gigantesca película de cuatro horas y media, la obra se ha dividido en dos partes. El ritmo del final es el correcto, nada se siente perdido, a excepción de un desenlace o, francamente, una razón de ser. Hay que pensar en Nymphomaniac volumen 1 como la primera parte de un cuento. Tratándose de von Trier, es posible que la segunda parte sea infinitamente más oscura y angustiante. Por ahora solo estamos viendo las aventuras salvajes de Joe y su reflexión sobre las consecuencias de sus actos en su vida adulta. Esas consecuencias serán reveladas pronto, y entenderemos la razón de la brutal golpiza que recibe.

Le Mepris

 

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IMG_7230Camisa blanca ZARA, liguero y coordinado SELMARK

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IMG_6765Camisa y calcetines HUGO BOSS, corbata CALVIN KLEIN, pantalón y zapatos ZARA

DSCF6371Blusa blanca ZARA

La belleza de la libertad

En esta ocasión mi editora me pidió que escribiera mi columna o mi reseña sobre algún tema relacionado con la libertad. Mi mejor manera de ejercitar dicha libertad (hablar de lo que me mueve internamente, lo que considero esencial y deseo compartir) para mí se traduce en “los inconstantes y esporádicos destellos de belleza” que nos hacen verdaderamente libres de pensamiento y espíritu, como se menciona en una frase del filme que estoy a punto de reseñar.

En la pasada entrega del Óscar, el premio a la mejor película extranjera fue para La grande bellezza, del aclamado director Paolo Sorrentino, quien en 2008 ya nos había dejado ver sus dotes detrás de la cámara en el Festival de Cannes, con su película Il divo.

Desde pequeño he visto cine, toda clase de películas, y he ejercido la libertad de no solo ver cine de arte o de culto, de acercarme a todos los géneros: chick flicks, filmes de acción, de romance, comedias, teen movies, en fin, chatarra y magia cinematográfica. Pero el cine italiano siempre ha formado parte de mis consentidos, y esto quizá se deba a la manera en que el idioma hace sonar las cosas mucho más poéticas, románticas y apasionadas. Quizá el francés gane en la parte romántica, pero como nunca lo he entendido, el italiano me parece más familiar y en ocasiones siento hasta que lo hablo; basta toparme con alguien que de verdad lo hable para despertar a la realidad de que non parlo niente. El cine italiano me cautivó desde que tuve un sentido y una percepción estética de la pantalla, empezando por los grandes directores como Fellini, Tornatore y Salvatores, por mencionar algunos.

En esta ocasión Sorrentino me recordó esa poética y grandísima narrativa que tiene el cine italiano, desde sus diálogos banales, sus largos recorridos por las antiguas ciudades italianas que siempre desempeñan un papel protagónico, hasta esos parlamentos profundos y sensibles que tienen magia, que juegan con la fotografía y las actuaciones y llegan hasta lo más hondo de nuestro ser.

La grande bellezza trata sobre la vida del periodista Jep Gambardella, quien ha encantado y seducido a su manera la vida nocturna de Roma durante décadas. Desde el legendario éxito de su primera y única novela, él ha sido un elemento permanente en los círculos literarios y sociales de la ciudad. Pero su sexagésimo quinto cumpleaños coincide con un choque con el pasado, y Jep se encuentra, de forma inesperada, haciendo un balance de su vida, dirigiendo su ingenio y crítica tanto a él mismo como a sus sus contemporáneos, y mirando más allá de las discotecas y fiestas extravagantes. En una frase, pronunciada en una de tantas fiestas, el personaje resume la gloriosa vida que han llevado él y sus compañeros por tanto tiempo: So’ belli i trenini delle feste, so’ belli perchè non vanno da nessuna parte! (“Muy bello el tren de nuestra fiesta, muy bello ¡porque no va a ninguna parte!”).

Bo belleza personajeUna de las escenas con la que abre la película, arma la narrativa que después iremos construyendo, como si reuniéramos las piezas de un gran rompecabezas de vida: una fiesta decadente, los personajes pasan de los 50 años y están bailando un cover de una de las canciones más famosas de los 80, cantado por Raffaella Carrà. El éxtasis de quienes bailan la canción (prácticamente toda la fiesta) es de no creerse.

Erika Bianka, una amiga que vivió en Milán toda su vida y que conoce el comportamiento de los romanos a la perfección, me dice que a su parecer Sorrentino dibuja y expone una sociedad romana cocainómana, burguesa, decaída, de la izquierda pseudoartística, ligada a una ideología comunista romana que ya no existe. No puedo estar más de acuerdo con ella; sin embargo, la sensación de libertad y coherencia que Jep refleja en sus actos y sus decisiones, tienen tanta vigencia como las calles y amaneceres de la antigua Roma.

Paolo Sorrentino evoca al gran Fellini en este torbellino de erupciones existenciales, bullicioso y brillante, a través de la ciudad eterna y viva y de la lamentable decadencia de la vida de un hombre. La grande bellezza es una comedia agridulce, que en todo momento encanta por su gran belleza.

Me tomo la “libertad” de recomendar mis cinco películas italianas favoritas, las que considero esenciales para entender el cine italiano. También nombro a algunos de los directores que han ayudado a construirlo.

Películas
La dolce vita de Federico Fellini
La notte de Michelangelo Antonioni
Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore
Mediterraneo de Gabriele Salvatores
L’ultimo bacio de Gabriele Muccino

Directores
Federico Fellini
Luchino Visconti
Pier Paolo Pasolini
Bernardo Bertolucci
Michelangelo Antonioni
Roberto Rossellini
Vitorio De Sicca