Frida a través del autorretrato

Algunos libros ofrecen posibilidades más allá de la palabra. El libro, arte convertido en objeto, es también un espacio para el descubrimiento visual. Justo eso se propone el volumen Frida: un viaje a través del autorretrato, auspiciado por el Museo Frida Kahlo y el Centre Pompidou, con textos de Isabelle Frantz-Marty, Odile Fayet y Deidré Guevara, publicado en español, inglés y francés, con una mención honorífica en la categoría “Literatura infantil” del London Book Festival. No se trata de literatura ni de historia del arte, sino de una edición colorida, lúdica, diseñada a partir del modelo pop-up, dirigida a los niños pero disfrutable para cualquiera.

Al hojear la obra, llaman la atención la textura de las páginas, las ilustraciones, la distribución de los pequeños textos que las acompañan. En la página 21, nos encontramos con un elemento que podría interpretarse de diferentes maneras, pero que identificamos como unas cejas o un bigote, dado el contexto. Una jareta permite subir y bajar las cejas de Frida, en un óvalo correspondiente al rostro, mientras que, a un costado, el texto nos pregunta: “¿Un cuello rígido? / ¿Un sombrero inclinado? / ¿Un listón en el cabello? / ¿Un collar? / ¿Una ceja arqueada? / ¿Un bigote puntiagudo / Trata de imaginar qué será…” Ese sencillo trazo que sube y baja se convierte en un símbolo de la libertad, en una imagen especular de Frida multiplicada.

CreamFrida-collage2Pasar las páginas del libro se parece a deambular por una casa, quizá la Casa Azul de Frida: las palabras, protagonistas sólo en apariencia, se trasladan a espacios subsiguientes mediante ventanas (hojas que son láminas transparentes) y terminan por desvanecerse para convertirse en un espejo. De nuevo el espejo, fundamental en la obra de la artista, quien confesó una vez: “Si yo me pinto, es porque paso mucho tiempo sola y soy el sujeto que conozco mejor.” Entonces nos encontramos con su autorretrato, revelado poco a poco por obra del reflejo: la imagen de Frida en conjunción con el rostro de quien lee. Lo siguiente es una invitación al lector: observarse, poner atención en los rasgos de su rostro e intentar su propio autorretrato. El volumen incluye un plumón y una página en blanco, para que cada quien se dibuje y desdibuje cuantas veces quiera o necesite.

Además de este ángulo interactivo, el libro presenta una pequeña biografía ilustrada de Frida Kahlo, a partir de un lenguaje sencillo, pensado para lectores de entre seis y diez años. Se aborda la infancia de la pintora, su relación con su padre, su activismo político durante la adolescencia, su matrimonio con Diego Rivera, su poliomielitis y el accidente que la mantuvo cautiva en cama, pintándose a sí misma una y otra vez. Sin embargo, la historia de Frida no es el asunto principal de la edición.

Frida. Un viaje a través del autorretrato, presentado el pasado julio en el Palacio de Bellas Artes, es un homenaje al autorretrato The Frame (El marco), de 1938, que transmite el amor de Frida por el arte popular mexicano y que, como cualquier pintura especular, revela mucho del temperamento de la artista. Por eso está lleno de flores, animales, colores y objetos, como la Casa Azul en otros tiempos. La pintura que vemos en la cubierta del libro se convierte en una premisa plástica: un autorretrato icónico, ese en particular. Pero el viaje sucede también a través de la importancia del autorretrato en la obra de Frida, una mujer que pintó más de 100 cuadros de sí misma a lo largo de su vida. El hecho de que sea el lector quien termine reproduciendo su propio rostro, hace que el libro se actualice, cobre vida, que quienes leen (sobre todo si se trata de los más pequeños) sean capaces de entender un poco los procesos que condujeron a la pintora.

Frantz-Marty, Isabelle (et. al.) (2014). Frida. Un viaje a través del autorretrato, Indivisible Art Projects, 47 pp.

Edición y libros electrónicos: un panorama desalentador

Mientras los libros electrónicos ganan terreno en el mercado, su diseño es la piedrita en el zapato de los nuevos soportes. Si los e-books son cómodos, baratos y fáciles de almacenar, ¿por qué seguimos leyendo libros impresos? Tal vez la respuesta tenga que ver con el diseño.

Mis simpatías se encuentran divididas: el año pasado comencé a leer libros electrónicos, atesoro mi Kindle y me doy cuenta de que, ahora que lo tengo, leo más que antes. Sin embargo, los defectos de las ediciones me provocan una especie de perturbación sutil, finalmente incómoda. El diseño editorial de los libros digitales me tiene, en general, decepcionada. Sostengo un compromiso de por vida con los libros impresos y, sin embargo, me niego a volver a ellos del todo.

¿Quién me vende un libro electrónico? ¡Por favor!

Es un hecho que los e-books ganan terreno. En Estados Unidos, el 23 por ciento de las ventas de editoriales corresponden al libro electrónico y generaron, en el último año, unos tres millones de dólares. En el Reino Unido, las descargas de e-books crecieron un 66 por ciento el año pasado. Todo parece indicar que las nuevas tecnologías impulsan la industria editorial en lugar de dañarla. El mercado del libro electrónico promete, se basa en materiales baratos y relativamente fáciles de conseguir.

Y digo relativamente porque el mercado hispanoamericano no funciona igual que el de Estados Unidos y Europa: aunque ya tenemos tienda Amazon en México, la oferta en los catálogos de libros digitales es limitada. Si hubiera buenos y suficientes materiales a la venta, quienes acudimos a los nuevos soportes, pagaríamos por ellos bajo absoluta convicción. Pero no los hay. Entonces nos refugiamos en las webs de descargas y leemos lo que podemos, aun a pesar de la gran cantidad de inconvenientes que presentan estas ediciones.

C19_Books_01Ediciones defectuosas, a cincuenta pesos la pieza

Los defectos de los e-books son graves: muchos de ellos carecen de cubierta, sus páginas legales vienen incompletas (cuando existen), los índices parecen trazados por malos estudiantes de secundaria, los formatos son un problema, la maquetación es irregular, y no hablemos del colofón, una suerte de utopía. Además, hay errores en los contenidos. Si los e-books representan un negocio promisorio, ¿por qué su diseño parece improvisado y muestra tantas deficiencias? Podría pensarse que las ediciones de paga están mejor diseñadas que las gratuitas, pero no siempre es así.

Un ejemplo: descargué los dos primeros capítulos de Madame Bovary en Amazon, ese adelanto sin costo que la tienda ofrece para enganchar al lector y luego venderle el volumen completo. La edición era defectuosa, como suele pasar. El error más reiterado: la conjunción copulativa “e” era a menudo sustituida por una “a”: “Emma era frívola a indolente.” Las oraciones se entendían, se podía seguir leyendo, pero poder seguir leyendo no es lo mismo que estar dispuesta a pagar por una edición descuidada. Ni siquiera los cincuenta módicos pesos que cuesta.

Entonces acudí a una página de e-books gratuitos, y me descargué su versión de Madame Bovary. Era exactamente la misma que había comenzado a leer en Amazon. ¿Verdad que hice bien en no pagar? Que no se me malentienda: me encantaría pagar los cincuenta pesos, o hasta doscientos, si a cambio recibiera una edición decorosa.

De vuelta a los básicos

Como la lectura de Madame Bovary me tenía ganada, acudí a una librería. Me compré una buena edición impresa, con un flamante estudio preliminar, con una página legal que puntualiza el nombre del traductor y la primera fecha de publicación de la obra. Porque pertenezco a una especie que espera leer literatura a partir de un diseño editorial digno. Mi solución, sin embargo, no me satisface del todo. ¿Por qué es tan difícil para las editoriales ofrecer un conjunto de libros bien diseñados? En estos nuevos soportes, las labores del diseñador se reducen en cuanto a interlineado y tipografía, que pueden modificarse en lectores como Kindle. Lo lógico entonces sería que los otros aspectos (índice, maquetación, cubierta) estuvieran mejor atendidos.

La digitalización no debe entenderse como una simple conversión de archivos, como una actividad mecánica que cualquiera puede realizar. Hace falta una generación de verdaderos diseñadores para los formatos actuales. Mientras tanto, no me extraña que sigamos leyendo libros impresos, aunque algunos lectores ya los entiendan como objetos de culto o de museo (lo cual situaría al diseñador editorial de la vieja guardia, ese que sí cumplía con su tarea, en una especie de parnaso).

Razones para no aventarse de un sexto piso

C18web_Books_01En los albores de las discusiones sobre el futuro y pertinencia del libro impreso, surge y se consolida un sello editorial mexicano que resalta por la calidad de sus textos y ediciones: Sexto Piso. Y se vuelve inevitable preguntarnos ¿a quién se le ocurriría comenzar un negocio de producción de libros —tanto de corte literario como de reflexión política y filosófica— en un país donde es más que sabido que los hábitos de lectura son casi nulos? Sin embargo, con una estrategia inteligente que se basa en la sobrada confianza por la calidad de sus ediciones, Sexto Piso se ha convertido, después de doce años, en una de las editoriales más importantes del país; y, además, en un ejemplo de que es posible, todavía, dedicarse a lo que más nos gusta, hacerlo con calidad y que resulte un negocio.

Si bien se han visto beneficiados con algunas coediciones con instituciones estatales, Sexto Piso ha sobrevivido y se mantiene a tope con esta idea (casi ingenua) de que los buenos libros se abren paso y encuentran a sus lectores —tal como lo comentó Eduardo Rabasa (uno de los editores y fundadores) en la entrevista que le realizó Antonio Ortuño publicada en la revista Magis. Qué reconfortante y esperanzador saber que puedes ir a una librería y encontrarte con libros de un sello editorial mexicano que asumes como garantía, pues su calidad puede atrapar a cualquiera que disfrute de un buen libro. Y claro, éste no es espacio para discutir qué es un buen libro.

Podríamos afirmar que la manera en como han formado y reformado su catálogo es lo que ha hecho que se mantengan sólo de la venta de sus libros (precisamente como debería de ser). Comenzaron por traducir textos periféricos de autores clásicos, así como por reeditar títulos que se producen fuera de México y que sólo el costo de envío puede inhibir hasta al más fanático. Que exista, pues, un sello dedicado a rescatar textos y autores que habían sido pasados por alto nos habla de lectores ávidos que agilizan la industria editorial de su país. Entre estos primeros títulos encontramos libros como los Diarios de guerra de George Orwell, el texto que Jorge Herralde escribió a propósito de Bolaño o el Ritual de la serpiente del historiador de arte Aby Warburg. Libros que en su campo son necesarios y que previo a Sexto Piso quedaban lejos, casi siempre en alguna bodega de Barcelona o, en el mejor de los casos, de Buenos Aires. Con esta estrategia, los editores de Sexto Piso combatieron uno de los embudos del quehacer intelectual: el acceso a los libros.

C18web_Books_03Seis años fue lo que tardó la editorial en superar el limbo de la supervivencia y que los libros comenzaran a encontrar lectores por su cuenta (o casi por su cuenta). Uno de los grandes trabajos del editor se centra en promover el libro: ferias, presentaciones, entrevistas, círculos y críticas literarias. Otra actividad en la que resalta la lucidez de Sexto Piso, pues sus libros de contenido denso, que podrían inmiscuirse en las filas de los textos académicos pesados —y casi siempre ignorados—, se caracterizan por ser ediciones amables, atractivas y bien diseñadas: libros que se antoja tener, regalar, compartir y hasta presumir.

Posterior a eso, el catálogo comenzó a diversificarse y a integrar autores emergentes de la literatura en castellano. Sexto Piso abrió una puerta para que, además de rescatar lo periférico, integrara y propusiera. Autores como Mario Bellatin, Valeria Luiselli o Fabrizio Mejía Madrid son algunos los que comienzan a conformar la nueva generación, aún sin nombre, de escritores mexicanos. Un caso paradigmático es el del poeta y ensayista Daniel Saldaña París, que a sus 30 años y después de algunos artículos —reconocido sobre todo por sus colaboraciones en Letras Libres—, publicó en Sexto Piso su primera novela, En medio de extrañas víctimas, para convertirse en ejemplo de cómo un autor puede salir del pequeño círculo del artículo, el tuit y las ediciones universitarias, si sabe caminar de la mano con su editorial. Por otra parte, las traducciones de Sexto Piso han traído a nuestro país autores que tienen ya una propuesta literaria consolidada que resuena a escala mundial; entre ellos el israelí Etgar Keret o el crítico estadounidense Morris Berman. Se agradece también que las publicaciones de Sexto Piso no se reduzcan a textos en el estricto sentido, su oferta en cómics y novelas gráficas es amplia: desde los ya clásicos Jis y Trino, hasta las maravillosas ediciones ilustradas de autores como Proust y Allen Ginsberg. También es de agradecerse que nos hayan traído las geniales tiras de los latinoamericanos Alberto Montt y Ricardo Siri “Liniers”.

Es claro, pues, que Sexto Piso es una opción fresca e inteligente que se presenta como faro en la nebulosa realidad editorial mexicana. Además, con una filial en España, la editorial combate esta simbólica conquista —casi virreinal— que tienen los sellos ibéricos sobre los libros en castellano. Quizá el idioma sea de ellos, pero hace más de quinientos años que, con gusto y algunas derramas de sangre, nos lo heredaron. Los retos son muchos, pero es reconfortante saber que del ingenio de unos jóvenes mexicanos surgió una institución que apuesta, fuera de los campos gubernamentales y universitarios, por la buena literatura. El futuro se vislumbra promisorio. Cada vez serán más los nuevos formatos para leer fuera del papel; en lo que eso sucede, prefiero disfrutar del gusto que da hojear, oler, rayar y acomodar en el librero buenos libros como los que hace Sexto Piso. Que México sea un país de no lectores no implica que sea un país de no escritores y editores. El asunto será combatir esa brecha.

 

Sobre la elección de ser libre

Cream_Becky ilustracionSuelo trabajar como pone-rolas (o DJ, dicen algunos) dos o tres veces por semana, lo que en esencia me hace una criatura nocturna, igual que mi gato, Tadeo. Hace días, Tadeo tuvo el impulso de salir corriendo de mi departamento a las 4:30 de la mañana: fue a esconderse en la azotea del edificio de al lado. El incidente derivó en un salto casi suicida del incauto animal, desde una altura de cuatro pisos, al cubo interior de los departamentos vecinos. En medio de la angustia y del llanto del felino y de la humana, pensaba: “esto sería más fácil de resolver si no estuviera sola”.

El mismo reclamo hacia mi persona se presenta en momentos que generan cierto tipo de ansiedad y cuando la sensación de soledad se hace más obvia: no acabar de resolver cómo pagar la renta, la ponchadura de una llanta a alguna hora inconveniente, el llanto histérico provocado por mis hormonas en algún momento del mes, el no poder cargar el garrafón de agua hasta mi departamento. Un cliché, es cierto, pero es cierto también que resulta complicado vivir en una soledad elegida por perseguir otro objetivo personal: sentirme libre y ser independiente.

La libertad exige mucha responsabilidad, mucha más de lo que estamos dispuestos a admitir, y la elección de ser libre tiene un costo muy alto. La soledad es un tabú social, está muy mal visto estar solo y, si es algo que disfrutas, es peor. No digo que estar en pareja no sea algo lindo, pero yo necesito un espacio personal, muy mío, independiente, que no le pertenezca a nadie más. No quiero tener hijos y tampoco me interesa el rito matrimonial, así que la idea de una pareja se vuelve algo que no tiene nada que ver con lo que me enseñaron y nos enseñaron desde niños. Es inevitable sentirse aislada de vez en vez, y esto no es exclusivo de las mujeres: los hombres también lo sufren.

La estabilidad del tipo conservador es lo esperado para un hombre. Los hombres tienen que cumplir con las expectativas sociales del “debe ser”: mantener a su mujer y a sus hijos, formar un patrimonio, hacer la esperada propuesta matrimonial porque “estás haciendo vieja a tu novia” o el famoso “¿hacia dónde vamos, cariño?”. Hacer lo que toca porque sí. Casarse sin verdadera convicción es más común de lo que parece y tiene que ver con la presión social. Sucede lo mismo con la elección de un trabajo o un estilo de vida. “Antes muerto que rechazado y libertino.”

Por desgracia, las reglas sociales conservadoras, siguen siendo una guía para muchos. No estamos preparados para recibir bien y sin miedo lo que es diferente, seguimos confinándolo a un tipo de marginación y al desprecio, como si fuera una especie de amenaza. Nadie que sea políticamente correcto lo admite, pero se practica sin piedad y en lo oscurito.

Yo no le veo nada de malo a ir en búsqueda de una libertad personal, finalmente, todos somos diferentes y eso se refleja en la personalidad, los gustos y necesidades que cada uno desarrolla. También se refleja de manera positiva en lo social, aunque cueste admitirlo. Las diferencias vuelven todo más interesante.

De igual manera que unos deciden nunca salirse del molde, otros elegimos lo contrario, incluso si es algo que se decide en el camino o se hace porque la propia naturaleza personal lo demanda. No me gusta ir en contra de mis instintos, cuando lo he hecho el proceso ha sido muy doloroso y, como ya aprendí la lección, entiendo que debo respetarme y cuidarme sin importar el qué dirán. Sí, soy más importante para mí que cualquier otra cosa. Egoísmo le llaman algunos, yo le llamo salud emocional y espiritual.

La necesidad de hacer lo que nos viene en gana es mucho más que una simple rebeldía: nace de las entrañas y funciona a partir del movimiento constante, de la flexibilidad, de la curiosidad, del poder que nos otorga la libertad cuando elegimos y de la responsabilidad que implica asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Ese es un poder con el que nacemos, pero los riesgos no son para todos. Hacernos responsables de nosotros mismos carece de popularidad e incluso se le considera poco glamoroso. Respetar la libertad del otro y de uno mismo implica enaltecer y dignificar a nuestros semejantes y, como espejos que somos del otro, a nosotros mismos. La aceptación de las diferencias se vuelve un acto que implica amor y compasión, y eso es fundamental para la sacralidad de la vida.

Mariana

C17_cuentoA veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas.

Silbó la voz que, suspendida en ráfagas de agüero, se colaba ese martes en los sueños de Mariana. Como queriéndole dar fuerzas para apropiarse de ese hoy que apenas comenzaba, las proustianas palabras, resonaron al compás de un largo suspiro y dos ojos almendrados, rompiéndose en diminutas secuencias, hasta agotarse en sí mismas y perderse en la habitual modorra.

Al despertar, Mariana, pensó que el mundo se encontraba justo como lo había dejado la noche anterior y decidió dar paso a la rutina que desde hacía meses daba sentido a su vida. Caminó hacia la cocina, tomó el pocillo, encendió la estufa, calentó el agua, vertió el café, esperó el hervor, sirvió el tazón, respiró su aroma, regresó a la cama y desde ella miró los lumínicos caminos que sobre la pared se dibujaban. Los siguió sobre rugosidades, grietas, afectos y silencios. Sobre clavos huérfanos y humedades disimuladas, sobre esperas y estados alterados, hasta verse envuelta en un diáfano abrazo solar, desde el cual, día a día, se permitía sentir las distintas formas en las que su ausencia se perfilaba: los olores omitidos, el insultante orden de las sábanas. Entonces buscaba alguna prenda olvidada, algún recuerdo omitido en las aristas de su habitación. Lo buscaba a él, en el contorno de la taza, en el sillón junto a la ventana, en los escalones que, uno a uno, solían traerlo a su lado. Lo buscaba hasta llegar a esa mañana de abril, de canícula y llena de luz, en la que la vida los había presentado: ella escribía en Chez Céline, mientras Julio la observaba desde una ventana imaginaria al infinito. Alto y delgado, alardeaba una piel tostada bajo el sol, una mirada de diablo y un par de manos recias e incapaces de dejar ir. Sin esperarlo, Mariana, encontró en él todo lo que durante generaciones las mujeres de su familia habían temido: felicidad en el amor, constancia, risas y la desbordante paz de sentirse amada y ser capaz de perderse en el otro. Con el tiempo, Julio se convirtió en tierra fértil para la etérea Mariana y juntos se fueron conquistando hasta saberse de memoria las historias y tristezas que cada uno llevaba grabadas bajo la piel.

Y Julio comprendió que Mariana siempre haría las cosas al revés, que la locura y el encanto la acompañaban en igual medida y que de no haber sido mujer, sería el azul del mar. Y ella lo amó como a la primera gota que anuncia el verano, como a las nubes llenas de sí, como a la extensión de un sueño incesante, bordando consonantes y vocales, en el telar celeste de un universo compartido.

Traspapelada entre instantes, Mariana, adivina

ahora, hoy, en este martes postergado

que lo que Julio y ella vivieron hace más de nueve semanas: la ida al rancho, los hombres sin rostro, la encrucijada, los disparos, todo, tan solo fue un juego, un teatro, una pequeña venganza por aquella noche en la que ella se negó a ser suya. Y en el antiguo espejo de pie, Mariana, se encuentra a sí misma. Confinada a un óvalo y enmarcada en madera, la imagen la hechiza, sembrando en ella la posibilidad de algún espacio desconocido que lo albergue.

A él, su Julio

Julio-mantis/Julio-sol/Julio-dador de vida-principio y fin/Julio-aire/Julio-tierra/Julio hacedor de estrellas

Seducida por el lenguaje de la carne, Mariana deviene peregrina de su propio cuerpo: retoma la búsqueda, anda a la caza. Inspecciona curvas, cavidades, pliegues y cicatrices, examina ojeras, pestañas; se mira toda: de frente, de tras, recostada en un costado y enroscada en el otro. Se estira y contrae. Revisa poros, uñas y lunares… En fila india los minutos comienzan a caer, uno tras otro, van desapareciendo en el cauce del tiempo, y la inocente travesía se ve confrontada por una inspección más cercana, las caricias se vuelven más groseras y los dedos van dejando una piel ajada a su paso. Las pupilas se expanden ante la posibilidad de lo incierto; Mariana navega en ríos de añoranza, cuando advierte un corazón que late y en ese corazón, un pulso, y en el pulso una disonancia.

¿Julio?

La sonoridad de la sospecha se derrama sobre una epidermis que habla, la cual, al ser nombrada, excita las vellosidades, como la aurora los girasoles.

—Chula, el cuerpo no sabe mentir, uno es de quien lo incendia —le dijo él, aquella tarde de agosto, mientras exploraban juntos los mecanismos ocultos del placer; escondido en el cosmos evocativo que ambos habían construido, ese recuerdo, de entre todos parecía transgredir cualquier intención de olvido, conservando para siempre las cortinas que ondulaban, la luz filtrándose bajo la puerta, los cuerpos rebosantes de humedades salinas y a Nick Cave sonando de fondo.

Sweetheart, come to me
Walk with me now under the stars
For it’s a clear and easy pleasure
And be happy in my company
For I love you without measure

Una vez más su hombre, nahual, donjuán por herencia y por mera devoción al sexo femenino, pronunciaba aquellas palabras capaces de enunciar lo invisible y nombrar lo desconocido: Julio había logrado metérsele hasta lo más profundo de su existencia y hoy se manifestaba desde sus entrañas para hacerle saber que nunca la dejaría.

Envestida en certezas, Mariana, camina hacia el baño donde revuelve pinzas, algodones, perfumes y jabones. Donde avienta cepillos, ceras, polvos y correctores hasta encontrarlo a él: él lleno de espuma mientras sonríe frente al espejo, él en la regadera al bañarse, él en la Gillette azul de triple hoja que sostiene Mariana entre sus manos.

Abandonada frente a los confines de la adoración, toma una de las cuchillas y tiernamente surca los caminos por los que él solía transitarla.

Y el frío acero será confundido con los labios del amante.

Y la sangre será líquido blanco y lechoso entre sus piernas.

Mariana deambula libre a través de significaciones y simbolismos mientras Julio se va colando en medio de efluvios escarlatas y lascivas rasgaduras. Quebrantando toda medida temporal capaz de unir o separar los acontecimientos, Julio le muestra a Mariana la ventana imaginaria, el infinito y esa tarde de agosto en la que ahora dos cuerpos rebosantes de humedades se aman al compás de Nick Cave, mientras las cortinas ondulan y la luz se filtra por debajo de la puerta.

It’s late but it ain’t never

No leer y otros actos libertarios para disfrutar la lectura

Propongo no leer para leer mejor. “Siempre termino de leer lo que comienzo”, dicen algunos. Yo, en cambio, no solo dejo a medias algunos libros, sino que por lo general me jacto de haber tomado una buena decisión.

La no lectura, igual que la lectura, es un acto libertario. Cuando se lee por gusto, ¿cuál es el sentido de invertir tiempo y obstinación en un libro que parece mudo? En esos casos, lo mejor es elegir otro título, algo tal vez peor en términos de “calidad literaria”, pero más conveniente en cuanto a satisfacciones íntimas. O incluso no leer nada, esperar a que el ánimo esté dispuesto y encontrar en la próxima lectura una revelación placentera, como cuando una temporada de abstinencia sexual desemboca en el ardor insólito.

Ya lo mencionaba Daniel Pennac en Como una novela: el derecho a no leer es el más básico y fundamental de todo lector. Por eso, a continuación, algunos actos caprichosos y liberadores para que la lectura sea un acto de amor propio, jamás un lastre.

C17_BooksB_02No leer
Es la pauta para el equilibrio. Existe un encanto implícito en la no lectura de un libro que se sostiene entre las manos, cuando un pasaje o un enunciado dan lugar a la reflexión. A veces se lee mientras no se está leyendo. Y si no se lee, bienvenido sea el descanso.

Leer en desorden
Que cada quien elija por dónde comenzar a leer autores, temas, libros. Algunos leen con un orden envidiable. Sin embargo, cuando la hambruna lectora ataca, la lectura compulsiva es inevitable, y las compulsiones suelen ser caóticas. Por el contrario, en caso de anorexia, más vale picotear lo que más nos guste del plato y permitir que el perro se coma las sobras.

Dejar los libros a medias
Nadie tiene por qué terminar de leer nada. A los disciplinados obsesivos les pregunto: ¿cuántas obras reveladoras, o por lo menos interesantes, podrían estar leyendo mientras se empeñan en terminar ese mamotreto por el que ya sienten una aversión crónica? Es como seguir besando a un amante que murió a la mitad del beso.

Saltarse prólogos y estudios preliminares
Hay quienes prefieren ir inmediatamente al ensayo, la novela, los cuentos, los poemas. Perfecto. Muchos buscan evitar que la opinión ajena les contamine la experiencia (como si el mundo entero no fuera un gran contaminante de experiencias lectoras) y dejan el prólogo para el final. Otros, en cambio, mandan el prólogo al diablo, para siempre. Perfecto también.

Leer solo prólogos y estudios preliminares
Hablo en favor de los lectores compulsivos de introducciones. Algunos estudiosos son tan elocuentes que opacan el contenido del libro. Nunca digo que no a una edición con prólogo de Octavio Paz. Y, aunque leer a la luz de sus comentarios siempre vale la pena, a veces me pasa que no son suficientes para empujarme a terminar la lectura del volumen completo.

Regalar libros leídos
El título no se nos antoja tanto, pero sabemos que el del cumpleaños quiere leerlo. Recomiendo comprárselo y, antes de envolverlo para regalo, darle una hojeada, leer uno o dos capítulos, terminarlo si el tiempo y las ganas lo permiten. Incluso podremos comentar después la lectura con el homenajeado. Regalar libros leídos es una práctica entrañable. A veces vuelvo a comprarlos para mí. Otras, según el grado de intimidad, los regalo con todo y mis notas al margen.

Leer el final antes de tiempo
Sobre todo, en el caso de algunas novelas, leer el final antes de tiempo es una tentación. Prefiero que el desenlace me sorprenda. Pero, cuando comienzo a aburrirme, de vez en cuando he recurrido a las últimas páginas, y de repente me he encontrado con que siempre sí quiero seguir leyendo, solo para saber cómo llegó a ese punto el estado de las cosas.

Leer basura, pornografía, bestsellers
Me incomodan los lectores solemnes que presumen de no leer bestsellers, nunca. Cuesta trabajo creerles, porque nadie se convirtió en lector asiduo leyendo La montaña mágica de Thomas Mann. Desconfío de quienes dicen escuchar solo música independiente o ver solo cine de autor o leer solo a grandes escritores. Para sobrevivir, hay que caminar al margen del canon.

Moda y literatura: seis personajes icónicos

Existen diferentes recursos para construir personajes: uno de ellos tiene que ver con el guardarropa. Lectores, escritores, personas de carne y hueso, elegimos ciertas prendas para cobrar un carácter definido, para acercarnos un poco a lo que deseamos ser. Verosimilitudes más o menos, los personajes hacen algo similar por obra y gracia de sus autores, quienes a veces convierten los atuendos en símbolos participantes de la historia. Sirvan de ejemplo los seis integrantes de esta lista.

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Ana Karenina – León Tolstói, Ana Karenina

Esta adúltera de estilo refinado jamás cede a los excesos que vemos en otras personajes decimonónicas, como Emma Bovary. Su elección del vestido negro en aquel baile funciona como un acierto en cuanto a moda, pero también como un detonante de su destino trágico: un atuendo que seduce a un hombre, que supera la juventud de Kitty, la otra protagonista, y que dicta la ruta hacia el adulterio. Por medio de sus prendas, Ana es una pecadora social, capaz de despertar envidias entre las mujeres, incluso cuando está al borde del abismo.

Dorian Gray – Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

Dorian Gray es un dandi de fin de siglo que esconde un oscuro secreto: mientras él conserva la juventud, su retrato se va deteriorando, testimonio de un espíritu oxidado. Sus trajes y sus corbatas de seda forman parte del proceso, siempre en contraposición con la imagen que cuelga de la pared. En una novela que aborda el narcisismo y el hedonismo, era indispensable que el protagonista estuviera siempre vestido de forma impecable. Pero, además, la obra propone una nueva masculinidad a partir de la ropa y las actitudes: trajes de colores llamativos, con flores de lirio en la solapa, gesticulaciones marcadas y un interés desmedido por la belleza.

Midori Kobayashi – Haruki Murakami, Tokio blues (Norwegian Wood)

Los atuendos de Midori poseen una estética un poco mod, propia de finales de los 60: Murakami suele poner atención a la vestimenta de sus personajes, y sus descripciones son tan efectivas que a veces vale la pena leerlas como unidades independientes de la trama. La ropa de Naoko, esa chica a quien amó el protagonista de Tokio blues, es interesante, pero también ingenua. El carácter extrovertido de Midori, en cambio, resulta del todo congruente con su pelo corto y su minifalda. Esta personaje, desde la ropa que elige, es la representante de una generación cuyo aspecto es revolucionario, independientemente de su melancolía, de vez en cuando ancestral.

Jay Gatsby – F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby

El opulento y atormentado Jay Gatsby, después de grandes esfuerzos, hizo de su propia personalidad una especie de mito, y parte de su estrategia consistió en elegir prendas acordes con la era del jazz, costosas, de un estilo magnético. Para Gatsby y quienes lo rodean, los atuendos son parte de una especie de puesta en escena aristócrata, pero es él quien aprende a sacarles más partido. Después de todo, estamos ante un personaje que se construyó a sí mismo, a imagen y semejanza de la imposibilidad.

Orlando – Virginia Woolf, Orlando

En una novela decidida a cuestionar qué significa ser un hombre o una mujer, la descripción de prendas y combinaciones era imprescindible. Orlando cambia de género sin alterar su identidad, y le basta un párrafo para mostrarse en cuatro atuendos diferentes. De ser un hombre, termina convertido en mujer, en “un bello animal romántico, que puede ser adornado con pieles y plumas, perlas y diamantes, sedas y metales”. Finalmente, decide arrancarse el vestido y ponerse la ropa que usaría un varón noble: delicada y masculina al mismo tiempo. Así, Orlando es un icono de la moda andrógina.

Holly Golightly – Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s

Holly, la socialité vagabunda que surgió de la nada y que un día desapareció, la diosa neoyorquina y embustera de la mitología del estilo. Entre las numerosas razones para adorar a Holly Golightly, por supuesto, figuran su aspecto inmejorable, su pequeño universal guardarropa, compuesto por prendas atemporales y cuidadosamente elegidas. Cuando su amante la abandona, ella saca de su bolso un espejo y un lápiz labial, y dice: “Para leer este tipo de cartas hay que llevar los labios pintados.” Golightly considera que el aspecto es una extensión de la dignidad. Varias décadas después de la publicación del relato, el estilo de Holly es ese referente que algunas personajes de la literatura, el cine y la televisión intentan reproducir.

FELIPE PONCE, LA EDICIÓN INDEPENDIENTE Y LOS LIBROS

Hace casi veinte años, Felipe Ponce, junto con otros jóvenes escritores y estudiantes de letras, fundó la editorial Arlequín, que en aquel entonces era una especie de cooperativa informal. Con el tiempo, el proyecto se convirtió en una empresa, que hoy sigue dedicándose a publicar buena literatura, más allá del lugar común.

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En la historia de Arlequín hay stands conceptuales en la FIL de Guadalajara, constantes batallas en defensa de la labor editorial independiente, un curioso caso de censura por parte de la librería Gonvill, incursiones en la esfera digital y un catálogo que reúne a escritores de México y otros países. La editorial independiente más importante de Jalisco, además de la poesía, las novelas, los cuentos, los ensayos, tiene mucho que decir por cuenta propia.

Felipe, quien ha estado a la cabeza de Arlequín desde el principio, habla con nosotros sobre su labor como editor. El meollo, como siempre, tiene que ver con libros.

¿Cómo definirías la propuesta editorial de Arlequín?
Publicamos libros breves de autores contemporáneos de culturas periféricas bajo el lema “historias como las tuyas”. ¿Cuáles? Por ejemplo, la historia de vagancia y perversión del personaje central de la novela Masiosare, de Alberto Forcada; la búsqueda de un paraíso escurridizo en los microrrelatos de Paraíplos, de Ricardo Sigala; las vidas de tentación de súbitos ricos o empoderados al instante por el dinero sucio del narco, en los cuentos de Una poética del mal, de Rafael Medina; los divertidos e hiperreferenciales personajes (un anti lobo de Caperucita, un anti Gauguin, un anti Quijote, etc.) de El lobo y otros cuentos, de Eugenio Partida; o las delicias intimistas de la narrativa breve de El canto de la salamandra. Antología de la literatura brevísima mexicana, de Rogelio Guedea. Publicamos a autores nuevos que puedan decirnos cosas nuevas sobre nosotros mismos cuando nos miramos en los espejos que son sus libros.

¿Crees que comenzamos a vivir una “era del libro electrónico”?
Claro, estamos en ella. Como siempre, en nuestro país vamos con un poco de retraso, pero no dudo que pronto sea común vender, comprar y leer libros en tabletas, pantallas, teléfonos o en dispositivos de lectura mejores (de tinta electrónica) como el Kindle, etc. Es un cambio ineludible.

¿Qué hay de Arlequín y las ediciones digitales?
Desde hace algunos años (2010) incursionamos en la venta de libros digitales y la experiencia pasó de cierta incertidumbre hasta la sonrisa de satisfacción, pues las ventas por este medio se han incrementado de manera constante (aunque son todavía pequeñas respecto a la venta de libros en papel). Ahora estamos por subir a la red todo el catálogo vivo de la editorial en ePub y en Mobi; es decir, para lectores de libros vinculados con Adobe o Amazon.

¿Qué es para ti lo mejor y lo peor del oficio editorial?
Lo mejor es sin dudas la posibilidad de cambiar aspectos de la vida de alguien cuando un texto resulta estremecedor en algún sentido… es un gozo saber que se tocaron las fibras más íntimas de alguien y la lectura provocó carcajadas o llanto. Estos cambios en las personas a veces los atisbamos en su momento, pero casi siempre nos enteramos de rebote, mucho tiempo después. Lo peor, es lo normal: el día a día de cualquier empresa que busca crecer más y posicionarse mejor.

¿Cuál es el principal problema al que se enfrentan las editoriales independientes y cómo le haces frente?
Ayer el problema era la distribución en librerías, pero no lo es tanto ahora, pues vendemos directamente a nuestros lectores a través de nuestra web, y en Facebook… En las librerías los lectores no nos encontraban, a veces por pereza de quienes atienden y a veces por desconocimiento… eso nos preocupaba. Pero las librerías como las conocemos van en franca picada, y estoy seguro de que será más fácil para un lector fiel comprar un libro en papel en nuestro portal y recibirlo en su casa en un par de días, o comprar un libro electrónico en nuestro portal y recibirlo al instante.

Recomiéndanos tu favorito más reciente en Arlequín. ¿De qué habla?
Comprenderán que no tengo uno favorito; si digo alguno, los autores no estarán muy contentos conmigo y corro peligro. Mejor les recomiendo que entren a nuestro sitio o nos visiten en la próxima Feria Internacional de Libro de Guadalajara en el stand L2.

¿Qué cualidad aprecias más en un libro?
El hecho de revelarme saberes o situaciones ajenas y nuevas. A veces, con un poema breve o un solo verso, a veces con un cuento o una novela. Aunque aprecio mucho la brevedad, y si leo una novela y solo hay parrafadas y parrafadas de intimismos, la dejo al instante. Para mí, haiku mata mamotreto.

¿Practicas la relectura? ¿Algún libro que hayas leído varias veces?
Conservo una maltratada biblioteca personal y eso es señal de que me gusta volver algunas veces a los libros leídos: siempre una relectura tendrá nuevas interpretaciones, surgirán nuevos matices, se ligará a lo vivido y al presente. Como me ha gustado siempre la poesía (Rimbaud, Mallarmé, Ponge; Huidobro, Vallejo, Parra), con frecuencia regreso a los libros que en algún momento de mi vida fueron importantes, y releo un poco de aquí un poco de allá. Difícilmente releo novelones.

¿Cuál es tu libro clásico favorito?
El Quijote, pues el español antiguo me atrae mucho: lo ligo al habla familiar, pueblerina; además de que las situaciones y los personajes son para tronar la yugular de risa. Ése es uno de los novelones que sí releo y lo traigo conmigo en el Kindle y cuando hay un rato libre lo voy leyendo de a poquito.

Un personaje de ficción con quien te sientas identificado.
Yo mismo soy un personaje de mi ficción personal que voy escribiendo-leyendo un poco todos los días y no acabo de entender.

Ediciones Arlequín
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¿DÓNDE ESTÁ ALEJANDRO?

Se dice que de todos los tipos de amor el amor filial es el más poderoso. Es incondicional, no conoce límites de ningún tipo, es apasionado y antepone la felicidad del otro a la de uno mismo. Generalmente se atribuye a las mujeres, pero a veces olvidamos que los hombres también pueden sentir el mismo tipo de amor. Haciendo sudar de vergüenza a cualquier cliché, hay padres que pueden hacer actos sorprendentes por sus hijos, incluso más extraordinarios que muchas mujeres que dicen tener el instinto maternal bien afilado. Sí, los hombres también sienten la paternidad en sus venas; también son responsables, amorosos, entregados. Son capaces de sublimar el amor por un hijo por encima de cualquier otro, incluso si esto los lleva a tomar el difícil camino de la paternidad en solitario.

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Así, con el deseo y el amor a flor de piel, fue como Alejandro Serratos decidió convertirse en papá soltero. Rompiendo moldes y cabezas, Alejandro buscó la manera de ser padre sin tener una vida convencional de por medio. Sin pareja, con una madre sustituta y la donación de óvulos por parte de una amiga suya, hizo su sueño realidad.

Darío fue planificado y buscado con ahínco. Después de varios intentos, la nueva vida comenzó su periodo de gestación y creció hasta volverse una pequeña persona. Darío ya tiene dos años y Alejandro decidió darle un regalo que pocas personas tienen el privilegio de tener: un libro.

“Originalmente la idea era hacer un cuento para explicarle a Darío cómo fue concebido. Después se fue modificando, pensé en un cuento con moraleja y otros detalles a modo de cuento infantil y al final terminó siendo un cuento con un mensaje sobre el amor a los animales y el respeto a lo que es diferente. Era eso y hacerle un regalo a Darío que cumplía dos años, realmente era un regalo para él, pero teniendo la infraestructura de Taller México, aproveché e hice un tiraje de 300 para dárselo a gente muy querida para mí.”

Un libro de formato pequeño, sencillo y original, con ilustraciones divertidas, hechas por los artistas tapatíos Alfonso de Anda y Raúl Pardo, miembros únicos de La Sociedad Secreta: “La Sociedad Secreta es una organización liderada por sus dos fundadores y únicos miembros, Raúl Pardo y Alfonso de Anda; somos artistas locales de Guadalajara, México, y tenemos la intención de apoderarnos del mundo. Contamos con equipo de la más alta tecnología para ejecutar nuestros planes secretos. También hacemos diseño, ilustración y arte”, comenta Alfonso.

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Raúl nos cuenta un poco del proceso de trabajo: “Poncho estaba trabajando en Taller México y le ofrecieron hacer el proyecto, y él propuso que lo trabajáramos en La Sociedad Secreta. Desarrollamos varias propuestas y fuimos destilándolas, y dependiendo de la personalidad y el carácter que queríamos que reflejara cada personaje, fue que ajustamos todo a la idea final. También fuimos a casa de Alejandro para fotografiar texturas que después utilizaríamos en las ilustraciones: esa fue una parte del proceso que nos encantó.”

Este libro es un tributo a Darío, el pequeño concebido a través de romper barreras y buscar una nueva forma de ver la vida. Un tributo de amor de un padre a un hijo.