Travel Journal: Arquitectura de un viaje de verano

Cambridge-1Fachadas, ventanas, puertas y texturas, cada una influía de una manera distinta en mi experiencia en cada lugar.

Por María Fernanda Lavalle (@from35thstreet)

 

Primera parada: Madrid, España. Al llegar no pude dejar de sorprenderme pues iba entre edificios, palacios, conventos y construcciones del poder del Estado. Desde lo mas barroco como el Palacio de Madrid hasta el neoclasicismo como la Puerta de Alcalá o el Museo del Prado. Pero entre las calles comunes de la ciudad la arquitectura ecléctica o modernista de los edificios llenos de viviendas llamaron mi atención, todos con las mismas texturas: piedra y ladrillo, todos con sus tejas rojas. Me encantaba despertar por la mañana y mientras iba por un café mirar hacia arriba y ver las ventanas y balcones de los hogares, como hacía calor, todas las ventanas estaban abiertas. Las calles de barrios como Malasaña, Chueca, Chamberí o la Latina eran fabulosas pues ibas detectando la diferencia entre cada una. Es una ciudad que se viste blanco, beige, amarillo y naranja. Fue en esta ciudad donde me di cuenta que llamaba más mi atención una puerta o una ventana, que ir de compras a una tienda de ropa, descubrí que cada lugar iba a enamorarme a través de su arquitectura.

Fuentes de Rubielos. Pasé una semana en un pueblo mágico ubicado en la Provincia de Teruel (a 4 horas de Madrid), entre las montañas de España, esta localidad con tan sólo 60 habitantes en invierno y 200 en verano llamó mi atención más que ninguna otra. Estar en un lugar tan pequeño me hizo darme cuenta que al caminar por sus pequeñas calles lo único que podía admirar era sus pequeñas casitas y entradas pintorescas, pues no había gente caminando por sus estrechos caminos. Los colores de Fuentes son amarillos, anaranjados y blancos, todo mezclado con piedra y teja roja. Las casas blancas generalmente van con la piedra y las amarillas con el tejado. Se sentía una armonía inexplicable al caminar por este pueblo que combinaba perfecto con los árboles de la montaña, los viñedos y el Sol del otro lado. Todas las ventanas y puertas de madera haciendo una mezcla perfecta entre lo antiguo y lo moderno, pues a pesar de ser casas de campo todo se veía perfectamente cuidado, lo cual me sorprendió aún más. Este lugar se robó mi corazón, pues las pocas personas que habitan y que conocí fueron sumamente agradables y bien dicen: “Lo bonito de Fuentes, es su gente”.

Segunda parada: Cambridge, UK. Volé de Madrid a Londres para tomar un tren directo a Cambridge, lugar que podría definir como el spot donde vivió Darwin, creció Shakespeare y finalmente donde estudió Harry Potter. Entre colegios que parecen castillos del medievo y casas con sus calles y banquetas donde todo es de piedra, el color que representa esta ciudad es café y gris, mezclado con el verde del campo, jardines mágicos que parecen salidos de un cuento de hadas y lagos. El complemento perfecto natural son las vacas, patos y arañas. No pude dejar de sorprenderme con las puertas de colores, azules, verdes y rojas (mis favoritas), que resaltan de las casas típicas de piedra y si tienen arboles o plantas en sus ventanas son aún más lindas. No cabe duda que la combinación de materiales y texturas con aspectos naturales hacen de una casa un verdadero hogar. Por supuesto entrar a los colegios y poder disfrutar de las inmensidades y alturas de los castillos, los ventanales de vitral, e incluso sentarte a comer en los comedores de los estudiantes es toda una experiencia, las mesas largas de madera en las que pude disfrutar de un English Breakfast son lo mejor. La cereza del pastel es ver las bicicletas en cada pared y puerta, pues no hay nada mejor que la armonía visual que incluso un medio de transporte refleja en una ciudad.

Tercera parada: Lucca, Italia. La verdad es que estaba MUY emocionada de conocer la Toscana de la mano de mi amiga (nada como hacer todo como local). Las tonalidades naranjas de la ciudad son referentes, el ladrillo por todos lados, la pintura de las fachadas naranja y amarilla y los tejados hacen que la ciudad se sienta cálida aún si hace frío. Entre focaccias, pizzas y pasta descubrí esta ciudad amurallada. Estar dentro de una pared hace que sientas que estás viviendo la época del medievo. Por fuera se ve la muralla de ladrillo y arriba un pasaje de árboles que la recorre toda. Caminar por encima de la muralla entre sus parques es increíble pues puedes vislumbrar las terrazas de la casas y balcones. Cada vez que veía una terraza imaginaba como sería mi vida ahí, disfrutando de un desayuno o un café por la tarde con mis amigos y familia. Ver las casas te hace pensar en las historias de cada persona, desata tu creatividad y te das cuenta de cómo a través de los años estas construcciones históricas se han convertido en hermosos hogares del mediterráneo.

Cambridge-2Cuarta parada: La Haya, Holanda. En esta ciudad que se caracteriza por sus majestuosas mansiones, parques urbanos, plazas y palacios, encontré una paz única donde la gente pasea sin prisas. La ciudad es una mezcla entre la arquitectura contemporánea (siglo XX) y del siglo XVII época en la que su arquitectura se encontraba en el punto más álgido y luego con el modernismo llegaron los edificios y construcciones nuevas.

Caminar por las calles repletas de casas blancas y rosas (pues el tono del ladrillo es un poco rosado) y ver las puertas de colores que resaltan en cada hogar es mágico, te hace sentir en un mundo rosa, con una mezcla de frio y nublado, de gris con nostalgia que hace que te den ganas de subirte ala bici y recorrer las calles. Parar y ver los palacios y edificios de gobierno con los escudos que te cuentan historias, esas donde los reyes festejan sus eventos con el pueblo desde siglos pasados hasta la actualidad. Para terminar la exploración cabe mencionar que la playa es el punto que distingue a esta ciudad de las demás, tener ciudad y playa en un mismo lugar es lo mejor que te puede pasar.

Quinta y última parada: París, Francia. Edificios que deslumbraban mi vista de tanta blancura que casi me quedo ciega, ese resplandor de mezcla de blanco con sol de verano que sólo París te ofrece. Balcones de edificios en los que quisieras vivir por siempre. Así mi visita en esta ciudad en la que en cada esquina encuentras arte, estatuas, palacios, edificios antiguos y museos. La arquitectura de tonos beige y blancos me enamoró. Con ese clasicismo que identifica a la ciudad de la luz, que poco a poco se ha ido transformando pero que ha dejado que sobrevivan las mansiones y palacios antiguos, y siendo un lugar que ha luchado por preservar al máximo su legado histórico arquitectónico, es por eso, que sentada a orillas del Sena o caminando por Montmartre o en un café de St. Germain lo que cautivó mi la visita fueron las paredes, puertas y ventanas de las calles de París, en las que imaginaba como sería vivir y ser una mas de ellos por unos instantes.

Mas que compras y souvenirs, se quedan en mi memoria las postales visuales de cada lugar y su historia contada en texturas y colores.

 

Alf Barba: Viajero Prototipo

En esta entrega de Tripping, Alf Barba, un auténtico Viajero Prototipo, nos habla de su experiencia en viajes y de uno de sus lugares favoritos en el mundo: Mica Lake. ¡Tomen nota!

OLYMPUS DIGITAL CAMERAUno viaja todos los días al momento de salir de su casa y cerrar la puerta. Viajamos al trabajo, al café o a la escuela. Viajar es una aventura, cerca o lejos de casa. Adentrarse en un país es una experiencia exquisita, es trama y urdimbre de descubrimientos, olores, sabores y rostros.

Obviamente hay que conocer las razones por las que una ciudad o un país son famosos, pero es mejor desviarse y buscar en otros rincones lo que esa ciudad o país esconden, y que puede ser maravilloso. Siempre hay que visitar los lugares dos veces: de día y de noche; te sorprenderá qué tan diferentes pueden parecer.

c28_tripp_02Son muchos los lugares a los que he regresado. Pero hay uno muy especial, al que solo he ido una vez, y al que quiero regresar: un lago en las alturas de las North Cascades en el estado de Washington, en Estados Unidos. Se llama Mica Lake.

Se necesita caminar cuatro días para llegar ahí, no hay otra forma. Está rodeado de un muro de roca por un lado, y por el otro desemboca en una cascada que puedes ver naciendo a tus pies. Las vistas son increíbles, a donde voltees, y las noches rebosan de estrellas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASin embargo, todavía hay mucho por conocer en este mundo. ¿No les pasa que aún no regresan de algún lugar y ya están pensando en el siguiente viaje?

El Río de la Plata o la añoranza de lo que parece nuestro

Processed with VSCOcam with a6 presetNo sería imprudencia afirmar que la naturaleza dispuso al Río de la Plata como una puerta de acceso para la demencia occidental al Cono Sur —esa región con vocación de olvido. Y es que si uno deja las amenazantes sombras amazónicas y rodea las costas brasileras para simplemente seguir, llegará a esta otra entrada del continente americano (incomprendido por distinción), cuya bifurcación en otros dos ríos puede llevarte de nuevo a los confines del Amazonas o a las faldas andinas. (Un laberinto.) Es que el sur es una insistencia: un deseo casi irracional por la continuidad, por el delirio de lo que se acaba —en tanto que comienza. (Otro laberinto: el de la extensión.) Allá, al sur, muy al fondo, donde nadie nunca pretendió llegar, hay dos chapas —ambas entrada y salida— que controlan no solo el devenir del Río de la Plata, sino que confirman, en su anclaje, la insolente armonía de lo remoto: Montevideo y Buenos Aires.

Salir de los Buenos Aires o llegar al sexto monte de Este a Oeste (Monte VI de E a O) implica afrontar la incertidumbre; pues el río más ancho del mundo (con sus evidentes ganas de ser océano) constituye una tregua, una pausa que modela las decisiones, un paso entre seguir o permanecer, entre reiterar la duda o resolverla. Y es esta inestabilidad, quizá, lo que haya definido el carácter de una región que se asume, naturalmente, inconsiderada, pero que a través del tiempo ha levantado las más finas mociones y las más genuinas ganas. En el Cono Sur, paradójicamente, no encuentras extensión, encuentras profundidad: una respuesta casi semiótica a esa punta geográfica que expulsa (o concentra) cualquier intento.

Processed with VSCOcam with a6 presetEnfrentar al Río de la Plata en el siglo XXI significa aterrizar en una tarima que se sostiene de dos capitales cuyos pilares son, por el lado porteño, la inmensurable belleza de un cascarón urbano límpido y soberbio; y, por el lado montevideano, un genuino abrazo a la sencillez y al derecho a callar. Un remanso de Sudamérica que, aunque inconexo, guarda una noción de autenticidad, de orgullosa independencia y de trinchera respecto a una voz propia. En ambos puntos se siente la efervescencia de un dinamismo político y social que se vive en los muros de sus barrios y edificios emblemáticos y en su peculiar manera de apropiarlos. Lejos quedó la unión latinoamericana exigida en la guerra fría, donde el trauma de la conquista había servido como estandarte unificador. Ahora, con el reconocimiento de particularidades históricas, son la globalidad interconectada y sus bemoles los que fuerzan a homogeneizar la región con el resto del mundo que consume. El encanto del sur, sin embargo, reside justo en eso: en una confirmación de su origen moderno y occidental para exigir, desde cualquier punto, un aporte auténtico —en tanto aislado— a la contemporaneidad.

La presencia casi inconsiderable de indígenas a las orillas del río durante la conquista ha hecho que el legado europeo se encuentre en constante renovación; los sincretismos sureños son de pampas con fachadas neoclásicas, no de pirámides con cuerpos de Cristo. Este lado del mundo se ha confirmado desde lo que no es (la América profunda, ancestral o barroca). Es, en cambio, un virreinato tardío, confiado en la plata como eje rector (no solo el río: una nación entera hace referencia a la etimología latina de la plata, el argentum) y dos Estados que nacieron modernos: el brinco de la colonia a la industrialización liberal fue casi inmediato y una respuesta automática a la liberación española.

Processed with VSCOcam with 3 presetQuizá es el contraste lo que define mejor su relación: la ubicación geográfica las ha enfrentado en el protagonismo portuario, el liberalismo político en la consolidación de sociedades democráticas y el ingreso a la cultura de masas en los campeonatos de futbol (o, como es común escuchar, de fútbol). Mientras que a Buenos Aires se le ha catalogado como la París o la Londres de América (como si la Conquista no hubiera sido, simplemente, una extensión del Occidente arrogante), a Montevideo la podemos comparar con ciudades de un esplendor más ecuánime (como La Habana, San Francisco o Budapest). El trazo urbano de la capital argentina responde a los parámetros de las grandes metrópolis concebidas en el siglo XX, cuyas líneas principales, pensadas para satisfacer la movilidad automotriz, son incomparables monumentos al flujo y la intersección. Integradas de una manera mucho más orgánica que en Los Ángeles o la Ciudad de México, las enormes avenidas bonaerenses ejemplifican el escenario perfecto de cualquier trance urbano y de cualquier relato de desquiciados ciudadanos cosmopolitas. No es gratuito que la avenida 9 de Julio haya sido, por mucho tiempo, reconocida como la más amplia del mundo y la columna vertebral de la locura porteña —más allá del icónico obelisco, el teatro Colón o los edificios con el rostro de Evita, esta vía es la ejemplificación del excentricismo integrador de la arquitectura latinoamericana, ese modernismo que responde a la masa, al soporte y al eclecticismo como principal medio del entendimiento social. Las avenidas Corrientes, Córdoba, Santa Fe, el Paseo Colón, Belgrano, Callao, la del Libertador o Pueyrredón constituyen una especie de huella en la memoria colectiva en las cuales se valen para construir identidades basadas en la verborrea de los recorridos. Su belleza no es solo urbanística, pues esas calles arboladas y llenas de fachadas desquiciantes superan su funcionalidad transitiva para justificar el carácter de una ciudad en perene narración.

IMG_3419Por otro lado, la capital uruguaya es una reproducción tergiversada del ideal de provincia; sus calles y avenidas funcionan más como complementos que como protagonistas. Lo que se transita en Montevideo son estampas: de otros tiempos, de incomprendidas nociones, de intentos pávidos y de tranquilidad que genera nostalgia. Balcones con asadores, escaparates con luces de neón que anuncian productos que ya nadie quiere, refrigeradores llenos de cervezas de un litro en tiendas con cientos de anaqueles poco surtidos. Una especie de escasez deseada o afán de la simple necesidad. Montevideo es una oda a lo que se sabe pero no se dice; consecuencia, puede ser, de la serenidad de los que habitan la ciudad más longeva del hemisferio sur.

La ciudad, además, invita a la paciencia: un eterno estuario que recorre el fin del río, cuya delicadeza convierte a su costa en las playas más cordiales que conviven, sin que lo percates, con la cotidianidad citadina. El malecón montevideano es un camino de ladrillo rojo de kilómetros y kilómetros que invitan a la espera, a contemplar el casi gris de un paisaje que es comienzo y fin (los dos al mismo tiempo). Pescar, beber vino, contemplar y hablar eternamente, parecen, en ese punto del mundo, las únicas actividades que dan sentido a la existencia. Muy al contrario de Buenos Aires, que aunque es puerto y ha hecho de la cultura marítima un legado cultural, mantiene encasillada cada una de las actividades de su vida citadina. En Buenos Aires se apuesta, principalmente, a conservar lo intacto: los contrastes son casi prohibidos. Por eso la ciudad es estructurada, obediente, digna de apreciar los asegunes de la selección no natural y de los cánones. (Aquí el concepto de barrio se vivifica: en Recoleta se recuerda la altivez europea, en San Telmo el origen católico, en Montserrat la enajenación del colectivismo heredado y en Palermo el dinamismo de la contemporaneidad.) Mientras que en Montevideo la unificación urbana es evidente, consecuencia, quizá, de ser la ciudad del sur donde la riqueza se distribuye con mayor equidad: se traslada entre barrio y barrio sin notar la diferencia, siguiendo la ruta del deseo, en el más conveniente de los casos, y de la solemnidad, en el más ínfimo.

IMG_3416Aunque ambas sociedades son muy similares (sobre todo por su ascendencia étnica y su pasado ligado a la migración europea), los habitantes de la capital uruguaya se caracterizan por su trato indulgente y su recibimiento ingenuo. Para ellos, habitantes del puerto de un río que es mar, las primacías consisten en el placer de lo sencillo y el ecuánime estupor de la cotidianidad. Muy al contrario de los capitalinos argentinos, quienes cargan con algo incontrolable en su excentricidad: la palabra. Los porteños son personas esquizofrénicas cuya vida pareciera correr peligro si no se dice algo elocuente, incisivo o mordaz. Su humor involuntario recae en un elogio indirecto a la inteligencia, en una apreciación por lo que se dice en tanto definitorio de su propia individualidad. No es coincidencia que sea la ciudad con más librerías per cápita, y que haya, en todas partes, una invitación a la reflexión (desde el eslogan de una zapatería hasta los mensajes impresos en una servilleta).

Sin embargo, también hay paridades. Ambas ciudades están hechas de ausencias sólidas, una mirada desde cualquier punto revela estructuras urbanas cuyo encanto se confirma en las medianeras: esos muros que ostentan su propia imposibilidad. Los rascacielos (característicos de Buenos Aires) y los edificios multifamiliares (de esa veta socialista del Uruguay) componen un horizonte infinito de detalles arquitectónicos que nos hacen pensar en todo lo que alguna vez estuvo vivo. Muros llenos de reclamos y aseveraciones que dejan muy en claro que la dictadura y el abuso de poder no vuelve a pisar esas tierras. Que el valor por la educación y la letra son pilares de su origen moderno y liberal.

IMG_3387Otra de las similitudes de ambas ciudades (y culturas) es la disparidad entre la creación visual y la creación literaria. (Se confirma el carácter filológico del porteño, que quizá por pertenecer a una ciudad más poblada reproduzca con vehemencia este don.) Son pocos los artistas visuales o los monumentos plásticos que caractericen a la región; es más bien un respeto al clasicismo arquitectónico y su indiferencia ante el autor. Sin embargo, en ambas ciudades, se han inspirado y resuelto las palabras de Borges, Spinetta, Felisberto, Storni, Dréxler, Gelman, Cortázar, Quino, Sabato, Calamaro, Bioy Casares, Benedetti, Pizarnik, Galeano, Siri, Onetti y un aleph entero de la literatura hispanoamericana.

Y es que el sur es eso, un detenimiento a la contemplación lúcida, a la infinita posibilidad de contar. En el sur se embelesa la idea, en palabras de Borges, de que todas las épocas son iguales o de que todas son distintas; que es quien observa, recluta, comprende y elogia el único dueño de la belleza, esa que se hace palabra con palabra, a través de una narración.

Cartas a la «China» desde Asia

_DSF0205Carta 1
Principios de diciembre, 2014

Hola, China.

Te escribo mientras cruzo la frontera entre Tailandia y Camboya. Llevamos cuatro horas en este camión y nunca me he sentido más en paz. Sabes cuánto necesitaba este viaje, los dos lo necesitábamos. Creo que ni yo misma se cómo llegué aquí. El viaje era para él, y es más suyo que mío, ya que no puedo hablar de Asia sin pensar, respirar, sentirlo a él.

La idea de irnos de backpackers al sureste de Asia surgió un día, a las cuatro de la mañana, mientras estábamos hartos de dormir en diferentes camas y soñar en diferentes horarios. Fue la excusa perfecta para ganarle a la distancia una batalla y poder despertarme junto a él 94 días seguidos. Sé que entiendes de lo que hablo, porque la distancia nos ha ganado tantas en esta vida. Por primera vez creí que yo podía ganar… bueno si me equivoqué o no, eso ya no importa, pero por estos 94 días yo sentí que había ganado.

frang_a_20141108_229Llegar a Asia fue lo más difícil. ¿Sabes lo que fue empacar mi departamento y dejarlo en un storage perdido en Brooklyn y luego dejar lista una maleta que te juro no media más de 40 centímetros? Así que con más ganas que dinero nos subimos a un avión con escala en Londres, para llegar después a Beijing (que por cierto China se me hace uno de los países más underrated del mundo). Quiero recorrerlo ya contigo.

Luego llegamos a Chiang Mai, Tailandia. Es de lo más bonito que he visto en mi vida. Rentamos una moto y recorrimos una ruta que nos sugirió el monje al que ayudamos toda la mañana. Fuimos a un templo que está escondido en las montañas, cerca de un pueblo que se llama Doi Pui. Mi China, una cascada gigante pasa por el templo. Solo estábamos él y yo, por horas sin hablar. Quisiera llevarte, quisiera recorrer esa montaña de nuevo para que te quedes con la nostalgia que siento mientras te escribo esto. Y así pasaron los días en Tailandia: entre montañas, ruinas y más ruinas. Hicimos un roadtrip del norte de Tailandia a Bangkok.

Te veo pronto, China, piensa en mí.

Ashley
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frang_a_20141224_1278Carta 2
Finales de diciembre, 2014

China mía:

¿Te acuerdas que moría por ir a Myanmar? Casi todo mundo va solo a Bagán, pero si pagas un poco más, puedes viajar a ciertas partes del país, que están cerradas. Me parece increíble que siga el comunismo tan latente todavía. A veces siento que nosotros somos los desafortunados de habernos contaminado tanto, de saber tanto, de pensar tanto. Es un sueño Myanmar, aunque comí cosas que no sabía que existían.

Mandalay y Rangún son ciudades que visitaría una y mil veces, solo para ver cómo empiezan a cambiar una vez que se abra el país. De Bagán a Rangún caminamos durante seis horas en las áreas rurales. No hemos soltado las cámaras, es una maldición durísima de fotógrafo. Te juro que pasamos por los lugares más espectaculares. La vida rural es mi fascinación. En Rangún, él y yo fuimos a la pagoda más grande del mundo. Mi China, es lo más hermoso que he visto, la pagoda me impresionó: la fe con la que los budistas rezan es alucinante. Tú sabes que para mí la religión es un tema complicado, pero casi juro que pude ver a Dios caminar entre los monjes.

Te escribo desde Vietnam.

Besos,

Ash
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frang_a_20141125_002Carta 3
Principios de enero, 2015

Mi China:

Te llamé ayer para contarte que acababa de recorrer Vietnam de norte a sur en una moto de dudosa procedencia. La última vez que me sentí así de libre fue cuando mi mamá me mojaba con la manguera afuera de mi casa llegando de la escuela. El norte de Vietnam es increíble. Fuimos a una región que se llama Sa Pa, casi en la frontera de China, donde están algunas tribus vietnamitas. Cruzamos las montañas llenas de campos de arroz. Juré que iba a morir cada diez minutos, las montañas estaban llenas de lodo y yo estaba en chanclas, esas que odias. Dormimos en casa de una familia de una tribu que se llama Dao Hmong. Me dieron ganas de tener hijos por primera vez en la vida, para poder enseñarles el mundo.

Fuimos a un lugar que se llama Tam Coc al norte de Hoi An. Mi China, qué te digo, el lugar más mágico del mundo. Nos subimos a unos barquitos que te llevan por el Río Rojo, no había ni un alma, estábamos solos. Sentía que nada importaba.

frang_a_20141117_321La moto nos llevó además por Halong Bay, Hoi An y Hue. En cada uno de los lugares me quería quedar más y más tiempo. El otro día me preguntaste si notaba la guerra en la gente de Vietnam, y creo que sí. El país está marcado permanentemente.

A veces, mientras andamos en moto por Asia, me siento tan chiquita, no he visto nada, siento que no he hecho nada. Me la vivo abrazada a su espalda, esperando que no sea la última vez que nos sintamos así de vivos.

Ashley
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Carta 3
Finales de enero, 2015

Lety:

Te marqué ayer, China. Me entró la asfixia de que ya me voy a regresar. Estoy cansada de ponerme las tres mismas blusas y dormir con gente que no conozco. Quiero llegar a casa de mi papá y dormir por días. También creo que quiero más. Quiero más días, más tiempo, más de él.

Estas semanas son las últimas en Asia. Él está dormido en mis piernas mientras te escribo desde un barco pesquero que nos lleva de Nom Pen, Camboya, a Battambang, Indonesia. Estamos pasando por aldeas flotantes. No puedo dejar de ver. Vivo con los ojos abiertos. Me siento tan afortunada por tanto.

El miércoles él me despertó a las cinco de la mañana para ir a ver el amanecer en Angkor Wat. Nos subimos a las bicis y recorrimos la ciudad oscura hasta llegar a la los templos, entre turistas y más turistas vimos el amanecer. Voy a comprar una casa aquí, no sabes el lugar, la jungla se come a la ciudad poco a poquito.

¿Qué haces tú hoy? ¿A dónde vas? Conocí a una niña que se llama Chloé y les tiene miedo a los aviones y a los trenes, así que recorrió todo Camboya en bici (imagínate). Mañana empieza a recorrer toda la China rural, también en su bici. ¿Sabes las ganas que me dieron de decirle que yo me iba con ella? Claro que no sabe que aprendí a andar en bici hasta los diecisiete, pero igual quería subirme a su bici y no bajarme nunca.

Te escribo la última carta porque después de aquí nos vamos. Me duele tanto irme. Entre lo que sé que voy a dejar y lo que viene.

El viaje no es más que un homenaje a nosotros, por no decir que fue el principio del final. Él tiene el espíritu aventurero más grande del mundo. Si algo nos juntó en esta vida es que los dos podemos sentirnos en casa cuando estamos totalmente perdidos.

Te abrazo el jueves a las tres.

Besos,

Ashley

La Habana: poesía en el deterioro

Ya sea por conveniencia económica o por legitimidad política, Cuba ha construido un escenario vistoso y característico nutrido de mitos y clichés: la imagen de un revolucionario argentino, el tabaco, el ron, la santería y el Caribe como sinónimo del ritmo: el gozo accesible e inmediato. Una especie de montaje teatral enmarcado por la decadencia arquitectónica (aunada a la aparente suspensión del tiempo) y dramatizada por el desconocimiento del sistema comunista: en Cuba todo es posible, desde el canibalismo hasta el amor verdadero. Los lugareños son expertos en complacer cualquier quimera.

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Sin embargo, con un poco de paciencia y deslinde de los excesos turísticos, se puede descubrir una Habana que, muy a su estilo, ha definido una consistencia cultural que resulta tan compleja como fascinante: un juego entre la uniformidad de las prácticas (las sombras del comunismo obligan a que se coma, se beba y se viva lo mismo) y las particularidades que cada habanero —sobrado de ingenio— hace con ellas. Aterrizar en el aeropuerto José Martí no es solo un retroceso a los setenta, es un resumen inteligible del siglo XX; y hospedarse en el hotel Riviera es la prueba de que la estética no se reduce a lo formal: su atmósfera cuestiona el tiempo y sacude las palabras. Más allá de un cúmulo de preguntas sobre una sociedad que se mueve sin modas ni publicidad, La Habana es una ciudad de lecturas y posibilidades infinitas —justo como sus celebraciones.

C23_Habana_06La Habana de muros
La belleza arquitectónica de La Habana es inasequible; por híbrida, nostálgica, discontinua, literal, adaptable y adaptada. A leguas se nota que “la llave de América” fue un puerto de riquezas desde su Conquista hasta su Revolución. La ciudad vieja está llena de grandes y majestuosos edificios de estilos eclécticos que narran con gracia las distintas etapas de la capital: el necesario Paseo de Martí o del Prado, con el Caribe y el Capitolio en cada uno de sus extremos, es un traslado al esplendor banquero y hotelero de mediados del siglo XX; el edificio Bacardí, el hotel Ambos Mundos, el antiguo Palacio Presidencial o la Real Fábrica de Tabacos y su forma de convivir en una constante tensión donde los lujos de la mafia cincuentera tuvieron que adaptarse al ideal revolucionario. Parece que para Fidel la restauración también es un derroche burgués, por lo que la apreciación de obras arquitectónicas originales, aunque en su mayoría erosionadas, hacen que el tiempo en La Habana sea una falacia. El trazo urbano de la ciudad fuera del centro está literalmente enclavado en la década de 1950 y la Revolución aprovechó ese enramado para dotarla de socialismo: así, ostentosos barrios como El Vedado y Miramar (con sus suntuosas avenidas, hoteles, casinos y casas Art Decó) cohabitan con edificios multifamiliares, caracterizados por el gris y la geometría estandarizadora. La Habana es una paleta de texturas y colores tan grata que solo la escasez compartida es capaz de lograr: el deslave de la pintura de las casas de los suburbios junto con los rótulos y la señalética urbana muestran que lo latinoamericano no puede restringirse en su vivacidad.

C23_Habana_03Esta ciudad de trazos históricos contundentes recibe el abrazo de uno de los lugares más entrañables de América: el Malecón. La avenida de más de quince kilómetros, que recorre la costa norte, es el epítome de lo habanero, lo cubano y lo caribeño. El Malecón es el punto de encuentro para locales y foráneos, para viejos y jóvenes, para los que sueñan con irse y para los que volvieron, para los que observan, los que beben ron, los que pescan y los que cantan. Un atardecer en el Malecón, con el hotel Nacional o el Monte de las Banderas de fondo, es un respiro a las ganas de futuro (ese eterno presente).

C23_Habana_07La Habana de palabras
El triunfo de la Revolución ya sabe a derrota. No solo por la noticia anunciada el diciembre pasado, sino porque los que se enamoraron de los ideales castristas tienen por lo menos sesenta años —si es que viven— y sus hijos o nietos ya no viven en la isla, y la influencia de los que migraron ganó el terreno de los jóvenes cubanos (la fiesta sabe mejor con reguetón que con trova). Vivir esa tensión como foráneo es una esquizofrenia encantadora: los habaneros, además de su arrobador atractivo físico, te cautivan por una modestia que se sostiene en los márgenes de su impuesta negación al consumo y su palpable atracción a él. En su bloqueo económico, la población cubana tuvo que buscar otras monedas de cambio y encontró las más afables: su risa, sus incansables charlas y sus pasos de baile. Superada la barrera del turista, los cubanos ofrecen lo más honesto de su ingenuidad. (Esta moneda de cambio, al ser tan seductora, es también la forma en que acceden a tus bienes materiales sin permiso.) Y es que a Cuba la excluyeron de la historia, y por historia me refiero al internet y su aparente posibilidad de acceso a casi todo. Las figuras del Che, de Silvio o hasta de Batista, son desconocidas para las generaciones habaneras más jóvenes, y la prohibición suplió a esos líderes por unos Nike, Pitbull y una visa para Miami. El acceso a bienes culturales como el cine o la música depende de lo que dicte el Estado, por lo que es entendible que cualquier producto que difiera de las líneas institucionales resultará más que atractivo.

C23_Habana_04Lo que sigue para La Habana es un misterio con vocación de apocalipsis (desde cualquier extremo ideológico en el que uno se plante), por lo que vivir esta transición se vuelve una oportunidad infalible para respirar los albores de una ciudad que descubrirá el siglo XXI. ¿Qué será de la magnificencia de la Plaza de la Revolución y el monumento a Martí? ¿Quién ocupará esa plancha de concreto en la que hoy se reúnen los cubanos para escuchar que la ciudad que se observa allá abajo también es de ellos? En pocos espacios se puede sentir el caleidoscopio de tantos y tan densos procesos históricos, arropados en una lúdica tristeza que encuentra su origen en la decadencia y en las promesas incumplidas. Parece que la utopía es la condena de La Habana.

 

Lisboa: un estilo de vida

Durante mucho tiempo tuvimos la idea de viajar a Portugal. Nos parecía que podía ser divertido hacer un viaje para reconocer juntos los rincones de un país que nos fascinaba y visitar a amigos comunes, como Juan y André. Nunca concretamos una fecha, pero pasamos muchas horas imaginando ese viaje. Un día, en una comida en Guadalajara –en la que seguramente, en algún momento, hablamos de Portugal y del viaje que teníamos pendiente– uno de nosotros recibió un correo que anunciaba una promoción para volar a Madrid. El precio era muy atractivo. Sin pensarlo mucho, decidimos que era el momento de hacer aquel viaje que había sido el centro de muchas de nuestras conversaciones; compramos los boletos y comenzó la aventura.

Portugal16Una parte importante de la planeación era armar una historia convincente, para explicarles a quienes teníamos que explicar algo, las razones de un viaje que a cualquiera le podría haber parecido precipitado. Con una buena historia para eliminar cualquier sospecha de locura, lo que nos quedaba era muy poco tiempo para prepararlo todo.

Portugal15Diez días después nos encontramos en el aeropuerto de Guadalajara, cada uno con maletas hechas y con ideas más o menos organizadas para el viaje. Lo que teníamos claro era que la suma de los tres era lo que le daría a nuestro viaje un toque especial.
Llegamos a Lisboa a las seis de la mañana. Del aeropuerto nos fuimos directamente al Barrio de Baixa para buscar un lugar donde desayunar. Después de un melón, un par de tostas y café americano, nos encontramos con Juan y André, nuestros amigos y anfitriones, quienes nos recibieron con un plan que incluía una serie de actividades por la ciudad, que acabarían por convencernos de que Portugal, y específicamente Lisboa, es uno de nuestros destinos favoritos.

Portugal10Comenzamos a caminar con dirección al río Tajo. Lo primero que nos sorprendió en nuestro recorrido fue la luz de Lisboa que se refleja en los mosaicos de las calles y baquetas. La imagen es una de las más bellas, blancas y brillantes que los tres hemos visto.
En la Plaza de Comercio tomamos el famoso tranvía 28 para recorrer una parte de la ciudad. Para Renata, la única de los tres que no había visitado Portugal antes, fue el primer encuentro con Lisboa.

Más o menos cada dos horas hacíamos una parada en alguno de los miradores que están en las cimas de las siete colinas que delinean la geografía de la ciudad, para tomar una Imperial y admirar fachadas y tejados coloridos y nostálgicos. Llegó la hora de alimentar al cuerpo. Casi por accidente entramos en uno de los muchos lugares donde se puede comer en la ciudad; el accidente fue muy afortunado porque probamos por primera vez las sardinas asadas. Más tarde, decidimos sentarnos a tomar unos gin tonics en uno de los quioscos que es posible encontrar en prácticamente todos los parques de la ciudad. Ahí pudimos contemplar el estilo de vida genuino, auténtico y relajado que llevan los locales todo el año.

A Lisboa hay que caminarla sin rumbo fijo. Cada paso es una oportunidad de encuentro con sus habitantes y con los sabores que hacen de la ciudad un destino obligado para los amantes de la buena comida; cada paso es un deleite para quienes disfrutan el gusto del patrimonio, de lo antiguo. Lisboa es una Europa que desconoce las metrópolis frívolas y desvanece el estereotipo de lo moderno y superfluo.

Los lisboetas saben compartir su ciudad. Abiertos como nadie a los visitantes, valoran mucho al turista, comparten sus historias y te acogen de una manera que solo ahí se puede dar. El aprecio que tienen por su cultura y tradiciones ha convertido a su ciudad en un ejemplo de cómo es posible recuperar y mantener vivas tradiciones en un mundo contemporáneo. El resultado es una ciudad con contenido auténtico. La villa de Sintra es una muestra de ello. Llena de arquitectura romántica del siglo XIX y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: al recorrer los caminos de Sintra te toparás con construcciones que quedarán grabadas para siempre en tus recuerdos.

Portugal20Lisboa ha encarado la contemporaneidad de una manera muy interesante. El Mercado da Ribeira, también conocido como Mercado 24 de Julio, es el más grande de la ciudad y desde su apertura, en 1892, ha sido el principal de Lisboa. Ahí puedes encontrar desde pescado fresco, frutas y verduras, hasta una oferta gastronómica muy amplia y de autor. En 2014 la revista Time Out lo restauró para convertirlo en la meca de la gastronomía de Lisboa (avenida 24 de Julho 50).

Una visita obligada en la ciudad es A Vida Portuguesa, una tienda concebida por Caterina Portas, una periodista que desde 2007, en su afán por preservar los productos tradicionales del país, se ha dedicado a incentivar a productores locales para que conserven los empaques originales de sus productos y mantengan las tradiciones en su elaboración. Con dos sucursales en Lisboa, A Vida Portuguesa es considerada una de las mejores tiendas de Portugal; ahí puedes comprar verdaderas joyas tradicionales en lugar de los souvenirs convencionales (sucursal Chiado: Rua Anchieta 11, 1200-023 Chiado; sucursal Intendente: Largo do Intendente Pina Manique23, 1100-285).

Portugal21Pero al final, si nos preguntan con qué nos quedamos de Lisboa, seguramente contestaremos que con los amigos –los que ya teníamos y con los que nos acercamos más, y los nuevos, los que hicimos durante el viaje–; con las canciones que cantamos en la carretera, con Amalia y el fado; con los pasteles de Belém; con la última cerveza antes de llegar al aeropuerto y las historias que compartimos; con las risas y la promesa de regresar pronto, de regresar siempre.

Cenotes

caveFueron ocupados por los primeros pobladores de América. Las ceremonias, los ritos y cultos que sostenían los antiguos mayas, se dieron en estos lugares. Desde lo profundo de la selva hondureña, llegaban las ofrendas a los cenotes de la península yucateca: cuentas de jade, platos, vasijas, animales sagrados como jaguares, perros, felinos; hombres y niños, eran ofrecidos a su deidad para ser bendecidos. Hoy tenemos la oportunidad de visitar estos lugares con aparatos de scuba y rebreather, y así poder observar estos míticos lugares que alguna vez estuvieron secos o semisecos. Es aquí donde podemos observar los vestigios de una de las civilizaciones más maravillosas y enigmáticas de las que se tenga conocimiento, y que hoy en día nos sigue cautivando con sus secretos bajo el agua.
Juan Cardona, fotógrafo subacuático

Aún recuerdo mi primera inmersión en el cenote Dos Ojos, al norte de Tulum. Llegamos tarde, así que los buzos salían de su segundo tanque aún con su mente navegando en el interior de la cueva, inmersos en los túneles de agua y piedra. A través de una escalinata de madera, llegamos a la orilla del muelle: el agua es más cristalina que nunca, y es fría, los secretos que ha guardado siempre la hacen parecer más azul de lo normal.

Comenzamos la inmersión. Al bajar vi la boca de la cueva, que me invitaba a no entrar, pero a pesar de eso seguí yendo hacia abajo. Atravesamos la entrada, mis miedos se quedaron atrás, nada sería igual en mi vida a partir de ese momento. El contraste de luz, las siluetas y las sombras hacen del lugar un escenario fuera de este mundo. No por nada los antiguos creían que estas cavernas eran la puerta de entrada al inframundo: la entrada al Xibalbá, el sitio donde la muerte aguarda serenamente, susurrándote al oído en cada bocanada de aire que respiras. Los Ajawab del Xibalbá son los señores del inframundo, quienes se esconden tras las sombras y a quienes a menudo puedes ver si miras demasiado hondo en la oscuridad de la cueva, ese lugar adonde es mejor no ir en solitario.

Yucatan2Bucear en un cenote sagrado es una experiencia que cambia la vida de cualquiera, y si ya de por sí el buceo es algo que te conecta aún más con la naturaleza, el bucear en una cueva es como volar en las entrañas de la Madre Tierra, acariciarla y salir victorioso, pero sentirte derrotado por su belleza (esa es la única promesa que tienes la certeza de cumplir: volver). Es admirar el paso del tiempo esculpido en piedra, sumergido en un instante bajo el agua. No es fácil describir lo que se vive bajo la tierra, en esos túneles ahogados, fríos. A veces es mejor quedarse quieto y observar en silencio, como en cámara lenta. Observar pero no demasiado, ya que a veces puedes llegar a pensar que estás soñando. Los colores de las paredes, las formaciones de estalagmitas y estalactitas que decoran estas inmensas catedrales, te abruman, te enamoran. El efecto de desenfoque del agua fría y caliente, el silencio y su canto hipnótico. Todo es lento y pausado mientras marcas la pauta con tu respiración: el sonido de las burbujas y el regulador en tu boca. Recuerdas que no eres de ahí, que eres un invitado y que siempre serás bienvenido. Constantemente debes recordarlo ya que no abandonarás esas galerías hasta que la cueva te deje ir.

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De pronto estás buceando en una cueva, siguiendo a tu guía y amigo, quien te indica que irán hacia abajo. “¿Abajo?”, piensas. Entonces lo ves penetrar en una pequeña cueva que al momento se ilumina de blanco. Te perfilas y entras. Es un socavón que luce como coral petrificado. Abajo están los restos inmóviles de una fogata: pierdas, carbón y huesos. Alguien, hace mucho tiempo, estuvo ahí, se preparó la cena y se fue. Después todo se inundó, y se preservó el instante en una viñeta atrapada por el agua y sus secretos. Quedan 2,000 libras de aire; la regla de los tercios te dice que es hora de volver y el frío te recuerda que a pesar de todo, no estás soñando. Estas más vivo que nunca.

Cueva+Seguimos adelante por la estrecha cueva. Ya extrañaba las grandes formaciones y las amplias catedrales de rincones oscuros, tentadores, con todo y sus demonios. Seguimos la línea de vida hasta un claro. La cueva, que se hace presente a las 1,400 libras, abre sus brazos y nos regala una entrada de luz cenital. Paseamos por la amplitud del lugar y volamos como pájaros submarinos, al fondo la gran boca. Los rayos de luz se tatúan en la claridad del agua, que dibuja ondas en las piedras, y estas sonríen. Seis metros y siete minutos para salir, 1,200 libras. Mientras sales, el aire te rodea en un gélido abrazo, flotas viendo la cúpula de piedra, estás inmóvil, liviano. Escuchas el chapoteo del agua contra la pierda y sus ecos en sorround. Recuerdas que respiras aire y no agua, que es momento de salir y regresar al mundo de los vivos, caminar y sentir la gravedad en tus pies. Subes la escalinata hacia el vehículo, un paso a la vez, tu cuerpo vaga en las afueras del cenote, vivo, pero tu mente sigue inmersa atrás, mirando la cúpula en un ambiente ingrávido… y eres pez.

Madagascar: la libertad de viajar

IMG_3323 (jorge.entrelineas@gmail.com)El hombre es libre desde lo más profundo de su ser.
Ricardo Yepes Stork

Desde pequeño, viajar me ha provocado la sensación de ser libre: libre de la escuela, libre de la ciudad, libre del ruido, libre de la gente. Viajar me hace sentir pleno, sin ataduras, con la oportunidad de ir a donde sea, con la premisa siempre de saber cuándo partimos, pero no cuándo volveremos.

Habían pasado varias horas desde que despegamos del Charles De Gaulle rumbo a Madagascar. Marco mi hermano, con quien viajaba, se encontraba lejos de mi lugar en el avión. De vez en cuando nos veíamos en la parte trasera para tomar nieve del refrigerador, practicar nuestro francés (que solo nos sirvió para pedir hielo y cerveza) y estirar un poco las piernas. Durante el vuelo por África no supe nada de Marco. Después de varias horas más, mi asiento ya me hablaba de tú y la ventana desde la cual había contemplado montañas, desiertos, lagos y la noche oscura de África del Sur, me decía dulcemente al oído: “Hemos llegado”.

IMG_3973 (jorge.entrelineas@gmail.com)La aventura comenzó desde el visado en el aeropuerto. Mi nada de francés y el escaso inglés del policía aduanal resultaron en una charla muy breve. Al final, éramos bienvenidos a Antananarivo, capital de Madagascar. No queríamos permanecer mucho tiempo en la ciudad y, aunque tratamos de darnos prisa, nos tomó 72 horas escoger el vehículo perfecto, con el chofer indicado, para la travesía de 28 días por la isla. Nuestro primer trayecto duró más de nueve horas, y a pesar del jetlag no dejé de fascinarme por lo que veía a través de la ventana del coche todoterreno. Todo era nuevo ante mis ojos y muy viejo al mismo tiempo, mi cámara no dejaba de disparar.

Viajamos hacia el sur, de Antananarivo a Fianarantsoa, al Ronama Fana National Park, en busca del lémur rojo. El angosto camino siempre fue un recordatorio de que éramos extraños, de que debíamos ser precavidos. Después de un par de días, sanguijuelas, moscos, arañas y un largo hiking en el bosque lluvioso, nos dirigimos hacia Isalo National Park, en donde descubrimos los baobabs enanos y nadamos en una poza: por un momento, fuimos la atracción de los turistas que pasaban por ahí. Cada lugar que visitábamos era mejor que el anterior. La llegada a Toliara fue impactante. La bautizamos como “La ciudad del fin del mundo”. Pasamos la noche en el peor hotel en el que haya dormido.

IMG_5181 (jorge.entrelineas@gmail.com)Al siguiente día decidimos cruzar el desierto de Salary, para experimentar el buceo con tiburón blanco. Esta era la ruta que más incomodaba a nuestro guía e intérprete, Hasina, pues en los caminos arenosos del desierto se encuentran las aldeas de la “gente de la floresta”, que tiene por costumbre asaltar a los viajantes. A las afueras de Toliara, un francés, dueño de un restaurante, nos advirtió sobre lo peligroso del camino e hizo hincapié en que no nos detuviéramos por ninguna razón. Marco y yo decidimos emprender la ruta, sin ningún destino señalado en el mapa. Íbamos a la buena de Dios, en busca del paraíso malgache. Arena, sol y nada más. Tras medio día de camino el calor era insoportable. En varias ocasiones sentimos que el cuatro por cuatro estaba a punto de atascarse en la arena, lo que habría sido el final de la jornada y posiblemente de esa travesía. Baste con decir que por esa ruta pasa un vehículo cada tres o cuatro días en promedio.

Ya por la tarde llegamos a lo que parecía una aldea. Pasamos de largo a pesar de la gente. Los aldeanos se enfilaban a la orilla del camino para saludarnos mientras circulábamos. Chozas construidas con delgadas varas, niños que jugaban desnudos y corrían detrás del vehículo, señoras con faldas largas y desnudas del pecho que nos observan y sonreían felices, hombres con taparrabos: los más jóvenes llevan consigo un hacha corta, siempre ajustada a la cadera (su arma de caza). El lanzamiento de hacha es el deporte nacional. Dejamos el poblado con la escena de los niños corriendo detrás de nosotros. Su silueta fue tragada lentamente por la nube de polvo que quedó nuestro paso.

IMG_7839 (jorge.entrelineas@gmail.com)Fade a negros
Seguimos por el camino arenoso de Salary, sin señal en el celular ni manera de comunicarnos con nadie. De pronto Hasina detiene el vehículo. El paso está bloqueado por una zanja bastante profunda. Apagamos el auto y decidimos bajar a analizar la situación: gran error. Nos rodea un grupo de “gente de la floresta” liderado por mujeres. Hasina nos da la instrucción de subir al coche e intenta negociar con ellos. Marco decide quedarse abajo y permanecer alerta, yo insisto en que suba. Después de una acalorada discusión y gritos de enojo, continuamos nuestro viaje. Damos dinero a las líderes, que colocan tablones sobre la zanja para dejarnos pasar. El incidente no nos parece un robo: en realidad fue un cobro por uso de camino. Después de quedar atascados dos veces en la arena, de que las cervezas se agotaran y a punto de decidir dar vuelta atrás, encontramos un letrero que dice “Hotel Francesco”, con una flecha apuntando hacia unas dunas. Sin dudarlo decidimos echar un vistazo, con la esperanza de encontrar un lugar para pasar la noche.

Varias chozas se dispersan a lo largo de las dunas; al fondo, el mar y el viento proveniente de Mozambique. Nadie nos espera. Desde el interior de la cabaña principal se escuchan sonidos, alguien tarareando una canción. Al entrar vemos la espalda de un personaje delgado con la cabellera larga: el mismísimo Francesco de la Barca, propietario del hotel boutique, a quien le sorprenden nuestra visita y, sobre todo, nuestra nacionalidad. “Los primeros mexicanos que veo en persona”, dice. Pasamos la noche en el lugar. La cena, más que excelente y el trato de Francesco, de primera.

El hotel era magnifico: las cabañas rústicas con velo al rededor de la cama, el comedor central con su enorme mesa de madera finamente tallada, la terraza y el mar del estrecho de Mozambique, nos convencieron de permanecer más de una semana en el lugar. Los festines diarios de la gran cocina italo-malgache del hotel y la buena compañía de Francesco hicieron de esa estadía una de mis favoritas durante el viaje. Zarpar en piroga por las mañanas para a bucear en la barrera de coral es algo que aún añoro: el silencio al navegar, impulsados por el viento en una embarcación hecha de una sola pieza de madera, el viento húmedo, el rechinido de los cabos y los golpeteos de las maderas: un sublime momento de libertad. Durante esos días nos olvidamos por completo de todo y de todos. Por las tardes nos bañábamos en la playa para presenciar la puesta del sol y recibir el cálido viento de África del Sur.

Al octavo día nos encontrábamos en ruta por el camino de arena del desierto de Salary. No habría buceo con el gran tiburón blanco, pero tampoco era necesario. Lo vivido en el hotel perdido de don Francesco de la Barca, nos había ya dejado una marca en el alma, un recuerdo indeleble que ni el más grande de los tiburones sería capaz de superar.

Amanjiwo, Java Central

Viajar antes de viajar.

La noche anterior a un viaje es sin duda una noche larga, una noche de insomnio en la que no necesariamente se cuentan borregos.

Amanjiwo - Entrance

Es la noche en la que imaginamos la llegada, el aeropuerto, el taxi, las calles, la luz de la ciudad y sus miradas. Es imaginar mercados, probar, oler. Es observar todo en el intento de pasar inadvertido pero ser siempre observado. Es suponer una tarde a la intemperie y ser testigo de la puesta del sol, enmarcando a contraluz la silueta de un gran volcán.

La noche anterior al gran viaje siempre es así: inquieta, aunque conviene no crearse grandes expectativas, ya que siempre es mejor dejarse sorprender.

Amanjiwo, música en el aire

Desde niño he disfrutado los trayectos a través de la ventana del auto, sobre todo aquellos que no conozco y resultan largos. Son diálogos en continuo movimiento, en donde las historias se cuentan solas, en cámara lenta y a la distancia.

Amanjiwo - Pool Suite

El trayecto del aeropuerto a la propiedad de Amanjiwo (resort en Java Central) no es la excepción y, por mucho, es uno de los más interesantes que he recorrido. Las terrazas de arroz, las angostas carreteras, el hipercaos ordenado del tránsito, las miradas curiosas, las miles de motos que rodean los caminos como enjambres de hormigas, el aire ahumado mezclado con el fresco del bosque lluvioso, todo eso, tan ajeno y familiar al mismo tiempo, hace de los trayectos en Java Central algo difícil de pasar por alto.

Después de veinte horas de vuelo y cuatro en automóvil, mi principal objetivo era llegar a descansar, esa era la idea principal en mi cabeza y una meta inamovible. No tenía idea de a dónde me dirigía y nada que haya experimentado antes me había preparado para lo que estaba por suceder. Incluso los mismos guías del consejo de turismo se notaban inquietos.

La llegada al resort es simplemente majestuosa. El recibimiento es un baile javanés enmarcado en una lluvia de pétalos blancos, mientras se disfruta de un vaso de té hecho a la manera tradicional, de lemon grass, jengibre y otras hierbas desconocidas para mí y cuyos nombres no sé pronunciar. El inmenso hall central, rodeado por grandes columnas que dan la forma circular al complejo principal del resort, la luz cálida y las sonrisas de bienvenida, son solo una parte de la experiencia que ofrece este gran recinto.

Las hostess saben bien que has venido de muy lejos, te acogen en amabilidad mientras te guían a tu habitación entre los altos pasillos tipo laberinto. Al llegar a la habitación te das cuenta de que estás en tu pequeño palacio. La inmensa cama está al centro de la habitación, hay una gran sala en uno de los extremos y el enorme tocador es digno de cualquier princesa. Un gran biombo corredizo separa la habitación de los dos vestidores, uno para el hombre y otro para la mujer, cada uno con su propio baño y con ducha en cascada. Al fondo, en un patio exterior, se encuentra la tina al aire libre, enmarcada por la escultura en bronce de un inmenso sol.

En poco tiempo ya estaba disfrutando de un platón de salak y bananos, recostado en la alcoba, observando, a través del gran ventanal, la alberca y el jardín privados de mi habitación. Poco a poco descubrí el canto poco audible de un hombre, entremezclado con los sonidos del bosque lluvioso. Me levanté y fui al borde del ventanal, todo era un poco irreal y zambullirme en la alberca fue mi reacción inmediata. Desde el fondo de la alberca observé el cielo. Traté de asimilar todo: el largo viaje y el extraño encanto del resort al que había llegado, que sin dudarlo es el mejor donde he pasado la noche, un buen lugar para soñar despierto. Caí rendido después de la ducha y deliberadamente dejé el ventanal abierto para escuchar entre mis sueños aquel canto perdido en el bosque del valle de Monoreh .

Fade a negros

Asentado frente al gran templo de Borobudur, monumento y santuario al peregrinaje budista, Amanjiwo fue construido por Ed Tuttle en 1997. Esta gran estructura hecha de coral beige (limestone) se asemeja siempre a un palacio. Una gran terraza rodea el salón principal e inciensos perfuman el ambiente en todo momento: olor difícil de olvidar, tanto como la sensación que produce al dejarse llevar por la belleza del lugar y las incansables sonrisas del staff.

Amanjiwo - Dalem Jiwo Suite

Amanjiwo está rodeado por terrazas y habitaciones que se extienden en abanico, con dirección todas al valle formado entre el templo de Borobudur, los campos de arroz del resort y la inmensa alberca de 40 metros de la propiedad. Por las tardes se puede tomar el té en medio del camino central de los arrozales y, mientras cae la tarde con sus tonos rojizos y dorados, matizados por una ligera niebla, se escuchan en el ambiente los llamados de las mezquitas que circundan el valle de Monoreh. La textura del megáfono a la distancia y los cantos árabes se entremezclan en el aire, ofreciendo un deleite acústico de sonido envolvente.

Por la noche la mirra inunda el comedor central a media luz de Amanjiwo. El espacio abierto es intencional en la arquitectura del lugar y a pesar de las inmensas columnas que lo rodean, el paisaje del fondo se aprecia desde cualquiera de las mesas centrales, ya que al ser el comedor la parte más alta del resort, se pueden apreciar el esplendor del valle de Monoreh, los cuatro volcanes circundantes y, al centro, el templo de Borobudu. Cenar ahí es también algo para lo que no se está preparado. En el menú se incluyen platillos tradicionales indonesios y comida occidental, pero la especialidad de la casa es el Makan Malan, una serie de platillos tradicionales javaneses servidos a las brasas.

Los dos murales principales del restaurante están pintados en oro, y representan escenas épicas del Mahábharata hindú, pero nada de esto sería trascendente sin la música gamelán javanesa que se toca en vivo. Sus notas hipnóticas hacen que lo irreal se entremezcle con lo real y la inolvidable y tímida voz de la corista encierre la noche con la promesa de que los sueños no siempre se viven al estar dormidos.

La experiencia Amanjiwo sigue en mi mente, en mis recuerdos. Al tratar de describirla, me pierdo fácilmente en el río de sensaciones, sabores, olores, vistas del lugar. Siento que «sublime» sería una mejor descripción para este santuario de los sentidos.