TENEMOSQUE HABLAR DE KEVIN

TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN…

Y es que en verdad tenemos que hablar de este magistral film, no apto para los que no disfrutan un poco del masoquismo emocional.

Lynne Ramsay, directora del film, sobrepasa aun su pretenciosa Ratcatcher y nos ataca, como una terrorista emocional, con una relación madre e hijo. Desde un principio nos hace cómplices de un enredo familiar que nos convierte en juez y parte; en donde uno no puede dejar de emitir juicios a cada momento. Nos hace recurrir a lo más profundo de nuestros instintos para deliberar un veredicto que casi a mediados del film, nos convierte en verdugos del culpable de la devastadora masacre escolar, que trae recuerdos de Columbine, pero esta vez con una nauseabunda sensación de complicidad.

La idea de formar una familia ha sido parte del DNA de la mayoría de los seres humanos. Con esto no digo que quienes decidan lo contrario estén mal; al contrario, son personas que han tenido el tiempo para reflexionar y han tomado la decisión de no seguir el modelo tradicional de nuestros antepasados y buscar un sinnúmero de posibilidades contrarias al naces, te reproduces y mueres.

Con esto en mente, Necesitamos hablar de Kevin, una película donde vemos la magistral interpretación de Tilda Swifton de una mujer a la que, por razones ajenas a ella, le llega la maternidad después de haber tenido una vida en donde nunca tuvo que darle cuentas a nadie y haber sido “libre”, término que a menudo se usa con el significado incorrecto.

En el film vemos una madre abnegada que tiene la sensación de que le arrebataron los mejores años de su vida a cambio de la maternidad, aceptando la responsabilidad, más allá de su deseo de libertad. Sin embargo, nunca está totalmente entregada a este rol, su mente siempre está en otra parte, y termina por aceptar el comportamiento de su hijo, al parecer desconectado emocionalmente. Conforme avanza el film, la conducta del niño se agrava y termina por dañar permanentemente a los que lo rodean. Se crea entre ellos una relación más de odio que de amor, que marca la dinámica de sus vidas, y que lleva al espectador a pensar que esto no tiene más que un trágico final.

La relación que madre e hijo forman es un juego de ajedrez mental, y nosotros como espectadores sabemos en todo momento qué consecuencias va a tener cada movimiento de las piezas. En este sentido, la directora nos hace partícipes, como si fuésemos un miembro más de la familia que siente y resiente todos los actos de madre e hijo.

Para aquellos que son padres, ésta es una verdadera tesis de todo lo que se quiere evitar en la educación de los hijos, y la golpeada y restaurada satisfacción de que, en algunos casos, no se han hecho tan mal las cosas.

Tenemos que hablar de Kevin es una pieza vital del cine visceral y sin tapujos, que alude a las imágenes, a los silencios y a los recuerdos personales, para salir de una vida a la que no pertenecemos, y rescatar nuestra realidad en donde necesitaremos hablar de Kevin.

Twitter: @santleb

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