Viaje infinito

Por Álvaro Váladez
Intervención Gráfica @sincuerdo 

Lo que ves es lo que hay: es la norma que se dicta desde las pantallas de nuestros dispositivos móviles en cualquiera de las redes sociales en la actualidad. La obsesión por construir una identidad propia en su edición 2.0, al mismo tiempo que creamos una imagen pública “perfecta” al ritmo insaciable de los likes y followers en Instagram, no ha hecho otra cosa más que exponer —y detonar— las presiones, las inseguridades, las aspiraciones y la frivolidad a las que nos enfrentamos todas y todos en nuestra cotidianidad. Pareciera que la internet y las nuevas herramientas de comunicación —contrario a lo que pensamos— nos han llevado a un estado de aislamiento y mimetización no sólo cognitivo sino también emocional.

La saturación de información a la que estamos expuestos, lejos de generar mayor conocimiento, ha provocado hastío, disparando nuestros niveles de estrés y ansiedad; pero quizás más grave aún sea nuestra creciente incapacidad de profundizar. Hoy no contamos con el tiempo, la necesidad, las ganas, ni las agallas para profundizar; la superficialidad que ha traído la inmediatez se ha filtrado en lo más hondo de nuestra existencia y no excluye a nada ni a nadie. De nueva cuenta las redes sociales son la mayor proyección del estado en el que nos encontramos como individuos y como sociedad.

Trends_YalBasta ver lo que ha sucedido en los últimos meses con la película Roma de Alfonso Cuarón. Lejos del impacto mediático, el reconocimiento de la crítica o la calidad de la película, la reacción de la gente en redes sociales ha sido un “fenómeno” digno de análisis. La batalla desatada entre quienes aman la película y quienes la descalifican, ha sido proporcional a las discusiones originadas en torno a la imagen de una de sus protagonistas, Yalitza Aparicio. Los juicios categóricos y las opiniones viscerales han sido una constante no solo respecto a la película sino a cómo luce Yalitza. Su portada en la revista Vogue y sus apariciones en las alfombras rojas de las principales entregas de premios, resultaron el detonante para que los usuarios de redes sociales, desde la comodidad que supone el anonimato, hagan de esto la vía perfecta hacia una autoafirmación y validación que difícilmente encuentran fuera de la web.

Si la película es muy lenta, si está sobrevalorada, si es clasista, si el vestido Miu Miu de Yalitza en los Globos de Oro le quedaba bien o no, si ella es un nuevo icono de la moda, etcétera. La “opinionitis” se ha esparcido como un virus. Es cierto que tanto el arte como la moda —al igual que el concepto de belleza— son asuntos muy subjetivos, pero lo que realmente ha expuesto la “opinionitis” en torno a Roma es la carencia de diálogo, de argumentos sustentados que conlleven a una reflexión y un análisis que no se limite a la simple percepción. ¿De verdad una película como Roma se puede calificar como aburrida por sus largas secuencias carentes de diálogo? ¿Es solo un retrato personal y clasista de un segmento social privilegiado? De verdad, ¿la historia de Yalitza Aparicio y su desempeño actoral pasa a segundo plano ante una elección de vestido o una portada

La falta de contexto, de referencias y de contenido, nos ha llevado al límite de la banalización. Es fundamental regresar al origen y entender que la vida y las personas no se pueden descifrar a la brevedad de un hashtag, bajo 280 caracteres o con un buen filtro. Es momento de refutar nociones tan tóxicas como las que aseguran que una imagen vale mil palabras o que como nos ven nos tratan. Somos muchísimo más complejos e interesantes de lo que podamos percibir desde el exterior; otorguémonos el privilegio de volver a indagar en las profundidades de las sensaciones, de las emociones y del conocimiento. Porque lo material no trasciende y mucho menos es infinito, las ideas y las emociones sí lo son.

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