Tenoch Huerta

Por José Acévez

Fotografía: Manuel Zúñiga

Estilismo: Hernán Esquinca

Asistencia e iluminación: Juan Luis Lemus

Grooming: Carlos H. Pulido para Givenchy Beauty

Estudio: Atoyac 69

 

Total look: Ferragamo, de venta en la Boutique Salvatore Ferragamo, The Landmark

Tenoch Huerta es un conversador insaciable, un desinteresado de las convenciones, con lo cual provoca y anima, cuestiona y despliega toda una serie de lecturas y perspectivas posibles. A pesar de que la pandemia del COVID-19 provocó un diálogo accidentado entre preguntas al aire y notas de voz, las respuestas de Tenoch resultaron oportunamente efusivas. Hace mucho que, a pesar de no tener interlocución, me encontraba tan interpelado en una entrevista, llena de aseveraciones contundentes que no solo reflexionan sobre un quehacer profesional o sobre una realidad política, sino que invitan a pensar. Una carrera marcada por el dinamismo, la versatilidad y los alcances.


Encontrar matices con Tenoch Huerta es difícil: lo caracteriza el arrojo. Y eso es algo que se agradece en una figura pública que no le teme al posicionamiento, a las dudas incisivas y a hacer que los territorios que habitamos sean más justos y obedezcan menos a los fantasmas del pasado. Su voz oscila entre el talento actoral, la capacidad abarcadora de personajes y un activismo necesario para sobrevivir en la contemporaneidad. Una voz que revive la rabia desde lo urbano, que incomoda desde la mirada cómplice y que es capaz de observar. Detenerse y observar.


En esta conversación con Tenoch hablamos de casi todo; de sus personajes emblemáticos, de su transición profesional a la actuación, de su agenda contra el racismo en un país que no sabe cómo salir de esa cloaca y a la que Tenoch ha desahogado con argumentos, sarcasmo, lucidez y sensibilidad. Que sean, pues, sus palabras el gran regalo que merecen las cuarenta ediciones de este proyecto editorial que confía en el talento, en lo independiente y en lo álgido. Tres adjetivos con los que podríamos también describir a Tenoch Huerta.

Para mi generación (si tuviera que encasillarla en términos de mercado diría que los millennials mexicanos, es decir, jóvenes con acceso a educación e internet), la película Güeros es un referente estético y hasta político. ¿Qué significó el papel de Sombra en tu carrera? ¿Cuál es desde tu perspectiva el principal aporte de la película?

Sombra es el personaje que más se parece a mí. Yo fui a la UNAM, entré en plena huelga del 99 y si bien nunca participé en el movimiento del Consejo General de Huelga (CGH) sí era simpatizante del mismo y sobre todo de sus causas. Fue como echar un vistazo de más de diez años a mi pasado y desde ahí construir este personaje que, obviamente, me hizo recordar un montón de cosas. Fue un proyecto muy hermoso y muy importante. Me habían ofrecido un par de meses atrás un rol protagónico en una película francoamericana en Panamá (el cast incluía a Benicio del Toro) y me iban a pagar mucho dinero; y aun así decidí no tomar esa película porque tenía que regresar a México a hacer Güeros. Y creo que fue la mejor decisión. El estreno de Güeros coincidió con muchas revueltas universitarias, en Michoacán y Chile, por ejemplo. Lamentablemente hay cerca acontecimientos muy grotescos y horribles de nuestra realidad social y política, los cuales, sin querer, potenciaron la película, ya que muchos de esos jóvenes que estaban en momentos de resistencia se sintieron inspirados e identificados por la película. Porque si bien los personajes son la antítesis del luchador, la antítesis de activistas o idealistas, pues viven en un hedonismo de la parálisis, de la inmovilidad, del miedo y la ansiedad (personajes que están en huelga de la huelga, en huelga de la vida, de la escuela y de todo), se ven obligados a salir a la calle porque la vida está afuera, la vida está en el movimiento. Al final la redención de Sombra llega en el momento en que se entrega al movimiento, cuando se entrega a la masa movilizada y organizada, con discursos y objetivos comunes. Ahí muchos jóvenes encontraron, en ese momento tan escabroso, un referente y algo que los identificaba. Sobre todo en México, desconozco el impacto fuera del país. 

¿Cuál es el papel que más te ha costado interpretar y por qué?

No existe, todos los he disfrutado. Si no los hubiera disfrutado no los habría hecho. Hay proyectos más gozosos que otros, por la dinámica o la facilidad del personaje en tanto cercanía o lejanía con mi persona. A veces, mientras más lejanos, resulta más fácil abordarlos. Cada uno es diferente y llegan en momentos diferentes de mi vida, por lo que resuenan de forma distinta. Sería injusto para mí y mi propia historia tratar de ver cuál es mejor. Todos suman para ser lo que ahora soy. 

¿Qué te llevó a dejar el periodismo para pasar al oficio actoral?

Fue un poco accidental, tenía 17 años cuando mi papá casi me obligó a tomar talleres de actuación. Estudié periodismo también casi por accidente, los exámenes de aptitudes apuntaban a que debía ser ingeniero (se me daban bien las matemáticas y la física), pero no quería ser lo mismo que mi papá. Así que, formado en la fila para elegir el área, opté por periodismo un poco al azar, pues yo quería algo como antropología o sociología, algo por el estilo. Me dijeron que había tronco común y que era más fácil ingresar a Aragón que a CU, además de que me quedaba mucho más cerca porque soy de Ecatepec. Hice mi examen, quedé y me enamoré de la carrera. Sin embargo, no estaba en mi panorama volverme actor, no es algo común, no me identificaba con nadie del medio, tal vez con muy pocos personajes que veía en el cine. Pero cuando tomaba talleres comencé a trabajar, por hobby, de extra para ganarme una lana, cortos estudiantiles, en el intento de ver qué pasaba, pero nunca de manera consciente ni construyendo un proyecto de vida. Hasta que, de repente, Carlos Torres Torrija, quien es mi mentor, me dijo que yo podía dedicarme a esto y fue quien me encandiló y metió la idea de que esto era posible. Conocí a una chica que trabajaba en casting, me comenzó a llamar, pero no quedaba en nada. Pasaron dos o tres años hasta que quedé en Déficit, la película de Gael García Bernal, que es mi primer trabajo profesional, y con esa película fui a Cannes (la primera vez que me subí a un avión) y a Toronto. Cambió mi vida y fue algo que simplemente sucedió. A la distancia, de manera inconsciente me di cuenta de que hice todo lo que tenía que hacer para estar en el lugar en el que estoy ahora.

¿Algún personaje icónico del cine mexicano o internacional que te hubiera gustado interpretar?

No sé si interpretar el personaje como tal porque ese ya está hecho, y quien lo interpretó lo hizo tan chingón que nos hizo soñar con esos personajes. Pero tal vez estar en esos proyectos. Me gustan las películas de los hermanos Coen o Wes Anderson y claro que me gustaría participar en alguna. Además, el actor que soy no funciona para el cine de otras épocas, como en los noventa que no se necesitaba a alguien con mis características o con mi forma de abordar la ficción.

¿Cómo describirías la realidad actual del cine mexicano? ¿Qué le falta y qué le sobra?

Creo que vive un muy buen momento, ya que se produce bastante y desde hace ya muchos años está en todos los festivales del mundo; gente del medio y de producciones nacionales está metida en proyectos internacionales. Tenemos un alto nivel de calidad y de historias. Sin embargo, la coyuntura actual hace que el futuro sea incierto. Estamos atravesando una crisis económica fuerte y la manera de financiar el cine, como se venía haciendo, comienza a complicarse, pero estoy seguro de que saldrá adelante. Yo creo que falta público y es por muchas razones. Muchas historias a veces se vuelven muy crípticas para que el público acceda a ciertas narrativas. Pero lo más lamentable es que tenemos un duopolio mediático que juega en nuestra contra, que nos está metiendo el pie desde hace muchísimos años y no hay quien haya podido tocarlo.

Hay opiniones encontradas sobre las narcoproducciones. Personalmente, creo que el papel de Rafael Caro Quintero es uno de los más interesantes que han dejado las producciones de este tipo. Hay una humanización muy particular del personaje, ¿qué implicó su desarrollo?  ¿Cuál es tu opinión sobre quien asegura que producciones de este tipo implican apologías a la cultura del narco?

El personaje fue muy divertido de construir y lo hice a partir de la leyenda de Caro Quintero; no había ni el espacio ni la forma de abordarlo desde otro ángulo, por la naturaleza del show y por cómo estaban escritos los guiones. Fue a partir de la leyenda que humanicé al personaje y, como todos los seres humanos somos complejos, adquirió una dimensión mucho más profunda. Ese es mi trabajo y lo que me toca hacer. Si me pongo a interpretar estereotipos y clichés debería dedicarme a hacer otro tipo de ficciones como las telenovelas donde se necesita que los actores se desarrollen así, aunque a mí no me gustan ese tipo de ficciones y no me siento cómodo con ellas. La gente que cree que es apología del delito tiene muy cruzados los cables y los conceptos. Apología del delito es que un narcotraficante haya hecho a otro narcotraficante secretario de Seguridad Pública y le haya dado todo el poder, peleando a favor de un grupo de narcotraficantes para tener el control del país durante todo su sexenio. Lo que yo hago es la interpretación de un personaje en un cuento determinado que tiene tal o cual temática o característica. En la vida real, los narcotraficantes utilizan el poder político para sus negocios personales a costa de la vida de millones, de destruir y de desangrar en un país, el país donde más asesinatos se cometen, aún más que en las zonas de guerra. Aquí ya es una guerra declarada, donde tenemos violencia contra mujeres y niños, que son tomados por botín. Eso sí es apología del delito.

Eres uno de los actores más versátiles del cine mexicano, ¿de dónde sacas tu inspiración? ¿Qué te ha ayudado a cubrir tantos matices interpretativos?

La actuación no es de inspiración, es de trabajo. Es de conocimiento, de ver a muchos actores en acción, de reflexionar acerca de la vida, de las emociones, de quién es uno, leer filosofía, estar preparado. Mientras más conocimientos tengas, más fácil se vuelve. Así no necesitas inspiración, sino trabajo y disciplina. Lo que me ha ayudado a darles matices a los personajes ha sido tener vida. Tener vida afuera, en la calle, la vida cotidiana, ir y descubrir, ser siempre curioso, meterme a todos lados, conocer todo tipo de personas, de ambientes, de contextos, ser observador de la gente. Y no se trata solo de observar y hacerlo, porque te vuelves un imitador, sino de observar, entender, experimentar y sentirlo en tu cuerpo para después reinterpretar. 

Te has convertido en una de las principales voces para hablar de racismo en México y confrontar ese elefante en la habitación de nuestras representaciones sociales. Desde tu experiencia y posicionamiento,  ¿cuál crees que sea la razón por la que nos cuesta tanto ver o aceptar nuestras diferencias por raza?

Primero: no existe la raza. Aceptar diferencias por razas es una imprecisión, lo que existe es la diferenciación que hace el otro de la lectura de los cuerpos. Biológicamente está más que comprobado y la genética vino a poner la cereza en el pastel para enterrar esos supuestos que surgieron en la época colonial y la posterior explotación de África. Lo que existe es la racialización, el racismo, eso sí existe.

Y no nos podemos dar cuenta porque este país fue construido con base en el racismo: una clase dominante, criolla y europea de piel blanca, llega a otro continente y somete, asesina, depreda y destroza otra región y a sus habitantes. La justificación es que tiene un derecho divino por una supuesta superioridad moral y ética, al principio, y con el advenimiento de la ciencia empieza a dar una justificación biológica. Como así se construyó nuestra sociedad y nuestras élites siguen siendo las mismas de hace 500 años, con los mismos usos y costumbres, se heredan estas visiones. Por lo que cuestionar el racismo en México es cuestionar los privilegios, porque imagínate que el discurso neoliberal de los últimos años dice que si te esfuerzas llegas, y hay gente que nació y ya estaba ahí,   cómo le explicas a esa gente que solamente nació para estar ahí? De esta manera le quitas la sensación que tiene de sus méritos y, por lo tanto, esa gente se aferra a la idea de que luchó por ellos. No quiere decir que no haya gente que no lo haya hecho, pero un ejemplo individual no sirve para ejemplificar lo colectivo. Entonces, esa estructura construida desde hace 500 años está pensada para que ciertos sectores de la población no lleguen y de manera directa o indirecta se favorezca a otro sector.   Esto quiere decir que ningún blanco es pobre y que los no blancos sí lo son? No. Pero sí hay una tendencia bastante clara: el 80 por ciento de la élite económica y sobre todo política y cultural es de piel blanca. Y quien acceda a esa posición, si no proviene de estos grupos de poder sino de abajo, para poder ser aceptado y pertenecer al grupo, se tiene que blanquear. Es decir, hacer uso de sus usos y costumbres para la autovalidación y de paso conseguirse una novia o novio blanco para reforzar esa frase tan racista de México de “mejorar la raza”, como si hubiera un defecto inherente a la piel morena.

Claro que hay casos individuales que se escapan, pero es cierto que si tienes la piel clara aumentan tus posibilidades de ascender en la escala social, si eres rico es más probable que tu piel sea blanca y que, al final del día, el sistema sí te beneficie. Y si tienes la piel morena lo tendrás más complicado; por ejemplo, si sales a la calle te para la patrulla sin más (si no eres del moreno mediterráneo, obviamente) y eso va dificultando la vida, la va haciendo más compleja de manera innecesaria. Los servicios urbanos que son de todos están concentrados en las zonas ricas y los de pésima calidad están en zonas pobres. Eso provoca una brecha de bienestar entre diferentes clases sociales. Todo esto es herencia colonial y por lo tanto no podemos decir que en México hubo borrón y cuenta nueva. Hay gente que nació en el privilegio y no importa qué tan mal lo haga, nunca va a bajar en la escala social. Y hay gente que nació en el otro espectro: no importa qué tan bien lo haga, jamás va a subir en la escala social.

En diversas ocasiones has mencionado que a ti ya te tocó un cine mexicano que, más que evolucionado, estaba abierto a integrar actrices y actores de piel morena. Sin embargo, también hay una recurrencia a papeles estereotipados en la pobreza o el delito. Ese margen cerrado,   obedece a un retrato de la realidad o es más bien una forma de seguir reforzando esos estereotipos? ¿Cómo ves el futuro de la representación de otros tonos de piel en México y qué se necesita hacer como productores y como espectadores?

Yo entré en esta oleada donde ya nos daban oportunidad a los morenos de ser actores. Pero siempre de delincuentes, siempre en la marginalidad, además cada vez que retratan la clase media baja o baja, todos son violentos, criminales, todas las mujeres son putas, todo mundo es violado o violador. Es muy sórdido. Y cuando hablan de la clase alta nada de eso sucede, como si la clase alta no violara. Además, siempre los morenos van hacia la brutalidad y la decadencia, mientras que los blancos siempre son aspiracionales, bonitos, limpios y cultos. Esta representación continúa y se debe, en buena parte, a que tanto productores como directores tienen una formación en la vida de élites que les impide acceder a las otras realidades y representarlas de una manera más compleja y completa, simplemente porque no las conocen desde adentro. Esas dinámicas hacen que esto suceda, no creo que en la mayoría de ellos haya mala leche, simplemente hay un desconocimiento. 

El mestizaje es una idea de doble filo: por un lado invisibiliza el racismo pero también apuesta en el fondo por una sociedad unificada. ¿Cuál es tu opinión al respecto? 

Es una barbaridad que lo único que hizo fue homogeneizar a la gente, pero no homogeneizó a la cultura dominante eurocéntrica, la cultura de la blanquitud occidental, a esa no la volvió indígena. Más bien lo indígena lo volvió europeo; al indígena se le obligó a dejar de hablar su lengua, sus idiomas, de usar su ropa, de comer como comía y de organizarse comunalmente, como venía haciéndolo durante milenios, y se le obligó a usar un idioma europeo, a vestir como europeo, a comer, pensar, calzar como europeo. El mestizaje no era para unir dos “razas”, sino para erradicar a una e integrarla a una minoría. Porque si el 70 por ciento de la gente después de la Revolución era indígena,   por qué ahora solamente es el 9 por ciento? Se integró a una mayoría en una cultura minoritaria que poseía el poder económico, político, cultural y los medios de producción y legales para seguirse enriqueciendo.

Tres lecturas o autoras o autores que nos recomiendes.

Depende, sobre racismo, Jumko Ogata, Yásnaya Elena, Federico Navarrete, creo que son fundamentales. Para la vida, un montón de libros: Pedro Páramo, que es mi favorito aunque suene a cliché; Homo Deus, Ortega y Gasset, Umberto Eco, mucha poesía.

Resumo a un 10 por ciento el cuestionario de Proust: ¿cuál es tu principal defecto?, ¿un héroe o heroína de ficción?, ¿qué defectos te inspiran mayor indulgencia?

Mi principal defecto es lo que llaman el síndrome del impostor del cual sufro. Héroe de ficción: hay demasiados. Y me inspira indulgencia la ignorancia, que no es un defecto sino una condición, y no me refiero a la académica, que esa da igual, sino a la ignorancia de uno mismo, de saberse y conocerse. Eso lleva a cometer muchos errores, por ejemplo los niños que son ignorantes de emociones; hay que ser indulgentes con eso y más bien orientarlos.

 

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